En contra del amor

Querida marimacha, maricón precioso; amistad bicicleta, travesti de mi corazón; no binaries, asexualas, similares y conexos: léanme un ratito. Van a disculpar la bulla, la molestia que traigo ahora a esta unidad de transporte colectivo. Gracias, ante todo, a la señorita motorista editora que me permite ganarme el pan de cada día. ¿Qué iba a decir yo? Ah, sí: maricas todas, préstenme atención: vengo a pedirles, a rogarles que este junio, dianquesea por este, nomás, dejemos de hablar de amor. Esa cursilería nos está matando.

Por: Virginia Lemus 

Nel, ningún «dejemos», que ahí hay un tácito «nosotres» y yo jamás he abogado por esa mierda. Este es vacil de ustedes: sí, de ustedes que cada junio, nuestra Navidad, salen a las calles ─digitales o vividas─ con la música más atroz de este mundo (¿algún día pagará Lady Gaga por sus crímenes?) a pedir que las dejen amar. Nadie se los está prohibiendo[1]. Lo que nos están imposibilitando cuando nos niegan nuestros derechos es vivir con dignidad, que es mucho más grave. Vos y yo podemos vivir sin enamorarnos, pero no sin comer, no sin acceso a medicamentos. Vivir dignamente, mara, es mucho más urgente que enamorarse.

Las marimachas que trabajamos en derechos humanos (que somos una suerte de arquetipo, algo así como la colocha de ONG) tenemos la mala fama de ser infumables y medio aguafiestas cuando se trata del rimbombante Mes del Orgullo LGBTIQA+. No sé bien si esto se deba a que la mayoría somos feministas y andamos viendo las relaciones de poder en todo lo que sucede: no se nos escapa, por ejemplo, que la maricona mejor intencionada solo nos ve como las enfermeras de los hombres con SIDA en aquellos años en que el virus arrasaba con todo. Nos agradece, conmovida; hace TikToks solemnes donde dice que es por eso que la ele encabeza la ensalada alfabética que nos representa. Jamás se ha preguntado por qué eso fue posible. Seguro cree, tan bella ella, que es porque a las mujeres se les da naturalmente eso de cuidar enfermos.

Las lesbianas, en esta visión de mundo, encabezamos la reivindicación identitaria más importante del siglo XX y XXI no por nuestra capacidad de organización política forjada en los activismos aborteros y el comadraje que sostuvo a nuestras compañeras, sino porque somos, en lo más hondo de nuestro ser, Candy Candy. Si usted es demasiado joven como para haber tenido un televisor con antena de conejo, finja que hablé de la Enfermera Joy.

Pues, no, bichas. La ele no encabeza nuestro movimiento porque se nos dé naturalmente eso de cuidar. Es porque tejemos, adrede, la red que nos mantenga vivas. Es porque decidimos construir por fuera del Estado maneras para que este no nos pase por encima. La extendemos a quien se nos sume sin necesitar de enamorarnos en cada complicidad, en cada asamblea, en cada lazo que rola de mano a mano para cerrar una calle. En cada coordinación social donde un viejo nos calla y nos dice “niña” nomás porque él le besó el anillo (dios sepa cuál porque yo no me quiero enterar) al mero Cayetano Carpio, pero donde nos quedamos y rumiamos porque cuando truena el caite, cuando se disuelven los colectivos artísticos de avanzada y la alegre complicidad de la lentejuela se devela volátil, lo que queda somos nosotras pidiéndoles que piensen, al menos dos minutos, en por qué al Estado no le interesa si estás enamorada antes de matarte lentamente de alienación, de aislamiento, de angustia y de hambre.  

Hace más de 20 años que los gringos ─porque siempre son ellos─ se inventaron esa cursilería bajera de hablar del amor para reclamar nuestros derechos. Algún sentido tiene, en su contexto: lo que buscaban allá era la legalización del matrimonio entre parejas del mismo sexo y su argumento principal era uno financiero: los hogares de ese tipo gastaban más, compraban propiedades más caras y, por ende, tributaban más. Señor Estado, déjeles casarse para que compren más casas y su recaudación fiscal suba. Como decir esto a secas no es bonito, se sacaron de la manga el cuento del amor. Cómo diantres se coló eso en la Latinoamérica de la miseria, el calor y el despojo es algo que comprendo así como entiendo por qué casi toda la gente menor de 30 años en El Salvador tiene un nombre en inglés, pero no deja de serme absurdo.

Cuando se usa el amor como sustento de nuestros derechos, se hace abogando a una capacidad universal de sentir, pero que es por completo externa a nuestra existencia. ¿A qué me refiero? Lo que busca ese argumento del amor es que mi tía Delmy diga: «ah, así como yo me enamoré de Evaristo, la Virginia se enamoró de la Tania. Qué lindo; ambas lloramos con la misma canción de Los Temerarios. Sí, que se casen». Y si bien el argumento acierta en el hecho de que yo conocí a Los Temerarios por mi tía Delmy, falla porque el huevo es que yo era lesbiana antes de enamorarme y lo seguiré siendo después de; en el interín, sin enamoramiento de por medio, yo sigo necesitando un trabajo, una cobertura en salud que no me pida la firma de mi inexistente marido para realizarme una cirugía que necesito. Cuando hablamos del amor, lo que decimos es que mis derechos ─y los tuyos, los nuestros─ están supeditados al enamoramiento. ¿La gente trans solo necesitará un DUI a su nombre cuando está enamorada? ¿La pasa chele cuando no lo está?

Una de las primeras representaciones mediáticas sobre el Régimen de Excepción es la exhibición ante prensa de dos mujeres trans capturadas en Santa Ana. De pie dentro de una celda saturada de hombres, ellas están de pie, semidesnudas, y son rapadas frente a la cámara del telenoticiero que cubría la nota. ¿Habrán estado enamoradas cuando las metieron a una celda de hombres? ¿Les habrían permitido conservar el largo del cabello, la ropa si lo hubieran estado? 

No, bichas: el amor no puede ser sustento de nuestros derechos porque este es un asunto pasajero. Bello y efímero, como el viento de octubre, pero que no puede ser la base de una vida digna para cada persona. Cuando no nos alcanza para comprar pan, ¿le podemos decir a la hermana Yanira que nos fíe porque estamos enamoradas y con eso basta y sobra para garantizar nuestro derecho a la alimentación? 

Decir que el amor es amor y que peleamos por un derecho a amar es una cosa que suena linda, conmovedora, pero que no significa nada. Es, eso sí, mucho más fácil de poner en un cartelito instagrameable que decir «soy yo y existo. Necesito comer. Necesito poder estudiar sin que el director del centro escolar me obligue a usar falda. Necesito poder trabajar sin tener que mostrarme con un nombre que no es el mío». Abogar por nuestra humanidad es una cosa cruel y perversa que no debería ocurrirle a nadie. Quizá, por eso, nos quede más fácil hablar de amor, de Lady Gaga, pero bichas: todas esas cosas las necesitamos enamoradas o no. No es el amor el fin último, sino una vida donde podamos ser. Una vida digna. Enamoradas o no.

A continuación, pasaré por cada uno de sus asientos. Que tengan un excelente regreso a sus hogares.


 [1] Lo más chistoso es que si hubiese un derecho a amar, el Estado estaría obligado a GARANTIZARLE el acceso al amor. ¿Te imaginás un ChivoGrindr? Jein.