Ser torta es desobedecer

“Ser torta no es solo hablar de sexo, es parte de todo un manifiesto, mi política tiene mucho peso…”
Consigna lesbofeminista de Abya Yala

Por. Cecy Rodríguez

Ser torta no es solo hablar de sexo. No es únicamente hablar de con quién nos acostamos, a quién besamos o de quién nos enamoramos. Ser Lesbiana, desde nuestra apuesta lesbofeminista, es también hablar de política, de autonomía, de memoria, de resistencia y de las posibilidades de construir una vida en complicidad con otras mujeres, en poner energía en las otras, rebelándonos a un régimen heterosexual. Porque nuestro deseo tiene historia. Y nuestra existencia, también.

El 13 de octubre de 1987, lesbianas feministas de distintos lugares se reunieron en Cuernavaca, México, para celebrar el Primer Encuentro de Lesbianas Feministas de América Latina y el Caribe. Se encontraron para hablar de sus experiencias, de sexualidad, de identidad, de represión, de organización y de las posibilidades de construir una política propia. 

No era un encuentro cualquiera: era la posibilidad de reconocerse entre mujeres cuyas existencias habían sido silenciadas, negadas o relegadas incluso dentro de espacios que decían luchar por la liberación de las mujeres.

Veinte años después, en febrero de 2007, alrededor de doscientas lesbianas feministas reunidas en el VII Encuentro Lésbico Feminista de América Latina y el Caribe, en Santiago de Chile, acordaron reivindicar el 13 de octubre como Día de las Rebeldías Lésbicas Feministas. La fecha recuperaba aquel encuentro de 1987 y su potencia política, en una apuesta colectiva que también se posiciona contra el racismo, el colonialismo, el capital y el patriarcado.

El encuentro que con su lema “desde una rebeldía cómplice” evocaba el pensar cómo hacer cuerpo de la teoría, cómo llevar el feminismo a la acción y al sentimiento, y cómo construir, desde la autogestión, espacios donde experimentar un lesbofeminismo posible y deseado.

Por eso, cuando reivindicamos esta fecha desde el lesbofeminismo de Abya Yala, no estamos conmemorando un simple día de algún organismo internacional para cumplir una agenda. Estamos recuperando una genealogía de rebeldías que nos permite reconocernos en otras, comprender que nuestras luchas tienen historia y asumir que la memoria también es una herramienta para transformar el presente.

Ser torta es desobedecer

Es cuestionar la heterosexualidad como mandato y como régimen que pretende organizar nuestros afectos, nuestros cuerpos y nuestros proyectos de vida. Es negarnos a que el deseo de las mujeres esté al servicio de la satisfacción masculina, a que nuestra existencia sea explicada desde la mirada de los hombres o a que nuestra libertad dependa de la aprobación de una sociedad que nos quiere discretas, silenciosas y acomodadas a sus normas.

Como nos invita a pensar Karina Vergara desde su reflexión lesbofeminista, la heterosexualidad obligatoria no es solamente una orientación sexual presentada como norma, es un orden que busca asegurar la disponibilidad emocional y erótica de las mujeres hacia los hombres. Desde ahí, nuestra existencia lésbica puede ser una desobediencia que cuestiona la centralidad masculina y abre otras posibilidades para nuestra vida.

Pero desobedecer también implica preguntarnos cuánto de ese orden sigue habitando en nosotras, cuánto de nuestros deseos ha sido moldeado por la colonización, el racismo, la religión, el capitalismo, el clasismo y el patriarcado, y qué necesitamos transformar para vivir desde una autonomía que vaya más allá de un discurso.

Descolonizar nuestro deseo es recuperar la posibilidad de preguntarnos qué queremos, cómo queremos vivir y con quiénes queremos construir nuestra munda. Es cuestionar las jerarquías que atraviesan nuestros vínculos, reconocer las marcas que dejan las violencias y crear relaciones donde la libertad de una no se construya a costa de la subordinación de otra.

No queremos cambiar un mandato por otro. Queremos que nuestros deseos puedan existir sin coerción, sin vergüenza y sin la obligación de ajustarse a los modelos que nos han impuesto. Queremos reconocernos en nuestra diversidad, en nuestros cuerpos racializados, en nuestras historias particulares y en las formas en que cada una construye su autonomía.

Porque  en nuestra rebeldía también habita el deseo, en el erotismo que nos permitimos compartir con otras mujeres, en el gusto de gustarnos, en la emoción de descubrir que otra nos atrae y en la libertad de dejarnos sentir, así esto signifique traspasar las fronteras. Está en el coqueteo que nace durante un baile, en las pláticas que se alargan porque ninguna quiere despedirse todavía, en esa invitación a tomar un café que lleva la intención secreta —o no tan secreta— de una cita. 

Está en subir cerros solo para encontrar el momento de mirarnos de otra manera, en las risas cómplices, en las miradas que se sostienen un poquito más y en esa pregunta que nos hacemos por dentro: ¿será que yo también le gusto?

Nuestra rebeldía está en reconocernos entre lesbianas, en ese intercambio de miradas donde a veces basta una sonrisa para saber que compartimos algo que el mundo tantas veces ha querido mantener en silencio. Está en atrevernos a dar el primer paso, en invitar, en insinuar, en seducir y en dejarnos seducir; en descubrir el placer de sentirnos deseadas por otras mujeres y de reconocer nuestro propio deseo sin tener que justificarlo,y en la intensidad de amarnos y entregarnos junto a la otra.

Y hay una complicidad hermosa en saber que nos lo hemos permitido. En reconocer que ese deseo es nuestro, que no necesita la aprobación ni la validación de una sociedad heterosexual para existir. Que podemos sentir mariposas, ponernos nerviosas, arreglar un encuentro con ilusión, reírnos de nuestras propias torpezas y disfrutar de la incertidumbre de gustarle a otra. Que nuestra política también tiene espacio para el juego, la ternura, la seducción y el placer.

Porque nuestra rebeldía no consiste únicamente en negarnos a obedecer; también consiste en atrevernos a disfrutar. En hacer del deseo una experiencia propia, compartida desde la libertad y el consentimiento, y en reconocer que el erotismo entre mujeres no necesita traducirse a los códigos de la mirada masculina para tener sentido. Nos gustamos, nos deseamos, nos elegimos. Y en ese permiso que nos damos, en esa posibilidad de vivir el deseo sin pedir perdón, también hay una forma de fuga: una manera de desobedecer al régimen heterosexual y de inventar otras formas de encontrarnos, amarnos y habitarnos.

Nuestra rebeldía también está en  la juntanza, en encontrarnos, reconocernos y descubrir que aquello que creíamos una experiencia aislada forma parte de una historia compartida.  Nos vemos en otras lesbianas, escuchamos sus relatos y encontramos resonancias con los nuestros. A veces nos separan las fronteras, las lenguas, las condiciones económicas y las experiencias históricas; otras veces nos atraviesan violencias semejantes, mandatos comunes y deseos de libertad que se reconocen entre sí.

No necesitamos haber vivido lo mismo para comprender que nuestras historias pueden encontrarse y tejer alianzas.

A lo largo de Abya Yala, las lesbianas hemos construido espacios para nombrarnos, organizarnos, crear pensamiento político y sostener nuestras existencias. En distintos momentos y contextos, mujeres que amaron a otras mujeres, que desafiaron los mandatos de género o que construyeron formas de vida fuera de la norma heterosexual enfrentaron distintas formas de persecución, ocultamiento y silenciamiento. Recuperar esas memorias exige escuchar sus contextos y no imponerles categorías actuales sin reconocer sus diferencias.

Hoy, cuando nos encontramos, esas historias dejan de parecer fragmentos dispersos. Podemos mirarlas como algo que a mi me gusta llamar cosmovisión lésbica, nuestra comunidad, me gusta el ejemplo de un micelio: una red viva que se extiende bajo la superficie, conecta territorios, intercambia nutrientes y sostiene la vida incluso cuando no es visible. Cada colectiva, cada encuentro, cada conversación, cada texto que escribimos y cada vínculo que construimos puede formar parte de este tejido.

El micelio no borra las diferencias entre sus partes; las conecta. Así imaginamos también nuestras luchas: no como una única voz que pretende hablar por todas, sino como una red de experiencias, saberes y resistencias que se reconocen sin dejar de ser diversas.

Por eso, nuestra apuesta no termina en denunciar la violencia. También consiste en construir otras formas de vivir. En tejer redes de cuidado, sostener a nuestras compañeras, compartir saberes, crear espacios seguros, acompañarnos en momentos difíciles y reconocer que el cuidado no es una responsabilidad individual ni una obligación que deba recaer nuevamente sobre las mujeres. Cuidarnos entre lesbianas es también una práctica política cuando desafía el aislamiento, la competencia y la precariedad que impone este sistema.

Nos elegimos como amigas, amantes, compañeras de lucha y cómplices de otras posibilidades. Construimos familias elegidas, comunidades y proyectos colectivos. Soñamos en construir nuestras lesbicomunidades, nuestra “primera champa”. Nos acompañamos para que ninguna tenga que enfrentar sola aquello que nos atraviesa. Y en esos gestos cotidianos también se produce política: en el tiempo que nos dedicamos, en los recursos que compartimos, en la escucha, en el placer, en la creatividad y en la decisión de sostener nuestras vidas.

No buscamos que nos toleren. No queremos una inclusión que nos obligue a suavizar nuestra palabra, esconder nuestra radicalidad o abandonar nuestra crítica para ser aceptadas. Queremos transformar las condiciones que producen nuestra exclusión y construir relaciones sociales en las que ninguna tenga que renunciar a sí misma para pertenecer. y esta es la apuesta de resistencia a las necropoliticas de un estado que pretende borrar  nuestra existencia

Este 13 de octubre, nuestra rebeldía tiene memoria. Viene de aquellas lesbianas que se encontraron en México en 1987, de las que siguieron tejiendo encuentros, de las que levantaron sus voces en Chile en 2007 y de todas las que, desde diferentes territorios, han sostenido la organización lésbica feminista. También se construye hoy, en nuestras colectivas, en nuestras conversaciones, en nuestras luchas y en las redes que seguimos extendiendo. En nuestras formas de resistencia, en nuestra juntanza, en nuestras encuentras, en los espacios de complicidad, rebeldía y baile

Porque nuestras historias se encuentran. Porque nos vemos, nos reconocemos y nos sabemos parte de algo que nos antecede y que continuará transformándose con nosotras.

Ser torta no es solo hablar de sexo. Es disputar el poder sobre nuestros cuerpos, recuperar la autonomía de nuestro deseo, descolonizar nuestras formas de amar, construir cuidados colectivos y organizarnos para transformar el mundo.

Somos parte de un micelio de rebeldías que atraviesa fronteras, enlaza memorias y hace circular la fuerza de nuestras luchas. Aunque intenten silenciarnos, seguimos encontrándonos. Aunque pretendan aislarnos, seguimos tejiendo redes. Aunque quieran borrar nuestras historias, seguimos escribiéndolas juntas.

Y en ese encuentro, en esa memoria y en esa decisión colectiva de vivir de otra manera, nuestras rebeldías siguen haciendo revolución.

“Estoy aqui para decir que en cada beso de lesbiana hay una revolución”

Un abrazo de rebeldía a todas las lesbianas complices de Abya Yala y una atenta invitación a las otras compñaeras “Todos los días son buenos para ser lesbiana”.

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Cecy Rodríguez es es lesbofeminista, mujer mestiza y madre como otra forma de actuancia política. Terca del amor entre mujeres como refugio y estrategia. Apostando por el cuidado y la liberación colectiva.