Criar en un mundo roto

Hay una frase que me ronda la cabeza desde hace días: “El acto más grande de amor hacia los hijos que no voy a traer es no traerlos a este mundo lleno de caos es un acto de injusticias.”

Por. Girasol Silvestre 

En Lesiones incompatibles con la vida, Liddell va todavía más lejos: “No quiero tener hijos. Es mi manera de protestar. Mi cuerpo es mi protesta.” Y esa idea me interesa porque convierte la decisión de no maternar en algo más que una elección individual: en una forma de desobediencia frente a un mundo que muchas veces nos exige reproducirlo tal como está.

Pero entonces aparece otra pregunta: ¿qué mundo estamos construyendo para quienes ya están aquí?

Esta semana me encontré con escenas que me hicieron preguntarme cuánto hemos avanzado realmente: padres que sacan de sus casas a sus hijas, especialmente por no cumplir con las expectativas familiares; adolescentes que se golpean en la escuela, maestros que fomentan la humillación y la violencia como métodos educativos.

Y después nos sorprendemos cuando esas infancias crecen y reproducen la violencia.

¿De dónde creemos que la aprendieron?

No nacieron sabiendo humillar.
No nacieron sabiendo controlar.
No nacieron creyendo que pegar era una forma de resolver conflictos.

Lo aprendieron. Lo vieron. Lo escucharon. Lo vivieron. 

Las hijas, los hijos no solamente heredan apellidos. Heredan silencios, prejuicios, miedos, traumas y formas de sobrevivir.

A veces heredan un mandato: “Las mujeres tienen que aguantar.”
O una advertencia: “No confíes en las mujeres.”
O una regla: “Los hombres no lloran.”

Y así, cada generación puede terminar entregando a la siguiente una maleta llena de cosas que nunca pidió.

No todo lo que cargamos empezó con nosotros. Pero heredar una herida no nos obliga a convertirla en tradición.

Como feministas sabemos que  no todas las personas reciben la misma herencia. A las niñas se les enseña a cuidarse de la violencia; a los niños, no siempre se les enseña con la misma fuerza a no ejercerla. A ellas se les educa para cuidar, obedecer, aguantar y callar. A ellos, para competir, conquistar e imponerse.

Así funciona el sistema: entra por la puerta de la casa, se sienta en la mesa, va a la escuela, aparece en la cancha, en las redes sociales.

Por eso me cuesta esa frase: “Mi hijx no haría eso.”

Tal vez sí.

Amar a nuestros hijxs no significa creerlos incapaces de hacer daño. También significa poder decirles: “Te quiero, pero lo que hiciste está mal. Hazte responsable.”

En El Salvador, además, no podemos hablar de crianza como si las familias fueran islas. Vivimos atravesados por desigualdades, violencia, miedo y heridas históricas. Hay familias marcadas por desapariciones forzadas y generaciones que aprendieron que callar podía ser una forma de sobrevivir.

Por eso necesitamos mirar más allá del individuo y preguntar: ¿qué está pasando alrededor de las infancias y las adolescencias?

Porque un niño, una niña no crece aislado. Crece dentro de un sistema social.

Quizá por eso el acto de amor del que habla Liddell no consiste únicamente en decidir traer o no traer hijxs al mundo. También consiste en preguntarnos qué estamos dispuestas a transformar para quienes ya están aquí.

Una violencia menos.
Un miedo menos.
Un mandato menos.
Un silencio menos.

Porque no todo lo heredado merece convertirse en legado.

Y si queremos generaciones diferentes, tendremos que dejar de exigirles que sean diferentes mientras nosotros seguimos haciendo lo mismo.

Los ciclos no se rompen esperando hijos mejores. Se rompen cuando alguien decide decir: hasta aquí

Quizá esa también sea una forma de protesta.