Andrea Echeverri reafirma sus genes rebeldes tras más de 30 años en el arte

Andrea Echeverri, vocalista de Aterciopelados, hizo un espacio en la gira de celebración de los 30 años de La Pipa de la Paz para visitar El Salvador y presentarse con su proyecto solista, Ruiseñora y las Chéveres, en una visita que también le permitió convivir con artistas, defensoras de derechos humanos y mujeres que mantienen vivas distintas luchas sociales en el país.

Texto: Menly González y Jennifer Velásquez

Fotografías: Menly González

Andrea Echeverri regresó a El Salvador con su proyecto independiente Ruiseñora y las Chéveres, acompañada de la artista argentina Ignacia Echeverri, quien la acompaña en la interpretación de sus canciones.

Echeverri llegó días antes de su concierto con las memorias frescas de su última visita al país. En aquella ocasión, su hija Milagros, que era una niña pequeña, la acompañó y juntas disfrutaron de las cálidas playas salvadoreñas.

“Recuerdo que era un festival al lado de la playa y cuando uno cantaba, el viento era más duro que la voz de uno. El mar era una cosa deliciosa, tibiecito, arena muy negra, delicioso”, recuerda.

Días antes del concierto del sábado 8 de agosto en la Alianza Francesa, Echeverri convivió con mujeres artistas, gestoras culturales y defensoras de derechos humanos. Conversó con ellas y, aunque para las artistas locales Andrea es una heroína, una mujer fuerte y admirable que rompió barreras en una sociedad que durante mucho tiempo minimizó la presencia de las mujeres en el rock, descubrieron que su lema de “antidiva” era auténtico y que compartían más similitudes que diferencias con ella.

“Antidiva porque vengo de un mundo donde hay también cosas terribles”, dijo al referirse a la industria musical.

Echeverri también tuvo un momento para conocer las luchas y realidades de las salvadoreñas. Escuchó a las madres de detenidos arbitrariamente bajo el régimen de excepción, a las defensoras por la despenalización del aborto y a mujeres representantes del Comité de Presos Políticos.

En ese marco, participó en un ejercicio musical de actualización de la composición de la canción “Hasta darles el abrazo”, tema que se ha convertido en himno de las familias que exigen la libertad de sus familiares capturados injustamente en el marco del régimen de excepción.

Su parada en El Salvador pareció ser  un momento para celebrarse a sí misma: su vida, su carrera, su resiliencia y sus logros. Andrea atraviesa una ajetreada agenda de trabajo debido a las giras con Aterciopelados, que celebra los 30 años de La Pipa de la Paz. La celebración ha traído consigo relanzamientos de canciones como “La culpable” y posibles nominaciones a los Latin Grammy por varias de sus canciones, entre ellas “La Teta Pirata”.

“Además, estoy contenta. He participado en ferias de arte en Buenos Aires, en México con mi trabajo de cerámica. Sí, entonces estoy súper activa, súper feliz, porque también estoy viva. Pues estuve esa cosa ahí horrible —hablando del proceso de cáncer de mama— y esa operación y toda esa angustia. De eso sales como muy agradecido con cada díita que te den acá”, dijo.

Andrea durante su encuentro con el comité de Madres del Bajo Lempa y otras representantes, escuchando la canción “Hasta darles el abrazo”

“Los tacones altos son para que te tropieces y camines más despacio que los hombres y el corset es para que no puedas respirar”

Para Andrea, El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, es una gran influencia en su vida y en su forma de existir en el mundo. También reconoce que escoger el arte como profesión influyó en la construcción de una identidad propia dentro de la música.

“Para mí fue súper clave estudiar arte en la Universidad de los Andes y ciertos profesores fueron muy decisivos en ayudarme a encontrarme, recomendando lecturas, cuestionando sobre qué era lo que me gustaba a mí, no a mis papás ni lo que estaba de moda. Uno no tiene respuesta para eso, entonces uno empieza a cuestionarse. Estudiar arte me llenó de preguntas y me puso a contestármelas también…”.

“Aunque en realidad, en un principio, yo quería ser veterinaria porque de niña crecí rodeada de animales, caballos y vacas en los Llanos Orientales de Colombia, y a mí me encantaba. Pero al crecer, cuando dije que quería estudiar artes, me dijeron que no. Así que empecé estudiando Diseño Industrial porque me gustaba dibujar mucho, pero en un viaje a Estados Unidos, en el que acompañé a mi hermano mayor, que se estaba especializando como dentista, me metí a muchos cursos y los profes me dijeron: ‘Ánimo, aquí hay madera’. Regresé a Colombia, clara de que quería ser artista, y le dije a mi familia”.

Andrea explica que entre las artes se especializó en cerámica, lo que la llevó a viajar a Londres, un lugar que también influenció su estilo. Sin embargo, conocer a Héctor Buitrago, a otros músicos y crear Aterciopelados también fue determinante en su camino.

“Me preguntaban si yo podía cantar y, bueno, mi madre, ‘la diva real’, tomaba la guitarra para cantar en casa, sin luz, sin micrófono. Todo mundo borracho, cantábamos y estábamos fascinados con ella. Por eso dije que sí, que sí sabía cantar”.

“Canté como monstruo”

Aterciopelados llegó en un momento en el que la juventud latinoamericana estaba formando un nuevo sonido. En aquellos años se hablaba de “rock mestizo” y posteriormente se consolidó el término “rock latino”. Bandas como Caifanes, en México; Los Prisioneros, en Chile, y Soda Stereo, en Argentina, fueron parte de la consolidación de este sonido. Andrea ocupaba un lugar poco habitual para una mujer dentro de esta escena.

Influenciada por las rancheras y los boleros que escuchaba su familia, y en contraste con el mundo de Héctor, que prefería el hardcore punk, mientras el resto de la banda estaba abierto a la exploración y la experimentación; Andrea explicó que crear este nuevo sonido no era solamente hacer música, sino abrazar las distintas partes de su identidad.

“Todas nuestras influencias cabían ahí. Era construir tu identidad de una forma muy bacana”.“Nosotros no éramos músicos y Héctor al principio me decía: ‘Canté como monstruo’. Por eso, cuando hicimos El Dorado —el primer LP—, no teníamos bases ni pared. Por eso hay como unas salsas punk, una bossa nova, todo raro. Era emocionante y lúdico. Se pudo lograr eso porque no sabíamos nada. Con dos o tres notas hacíamos todo”.

Andrea admitió que entrar a la escena rockera en los años 90 fue difícil, pero el tiempo le ayudó a sentirse cómoda sobre el escenario. Su banda también fue crucial para mantenerse motivada y creativa cuando lo que ocurría fuera de los escenarios no siempre era agradable.

“Héctor fue bien, ¿sabes? Buen compañero. Y al final tú no estás con los 80 músicos a tu alrededor, sino que estás con tu banda. Entonces, ahí también estás de una manera protegida. Por eso en La Pipa de la Paz hay esas canciones tan reaccionarias”.

—¿No te ganabas enemigos por esas letras? “Yo creo que no sabían que era yo la que estaba escribiendo esas canciones sobre ellos y pensaban que era Héctor. Además, ¿quién se pone a oír todo su disco? Es muy raro que eso pase. Pero claro que ser críticos y jodedores nos ha cerrado puertas, pero a la vez nos crea un espacio de respeto y, de alguna manera, de profundidad. Al final somos de nicho, somos raros”.

“El show business no es lo mío”

Echeverri relató que antes de la música se enamoró de la cerámica. Esto surgió gracias a una compañera de estudios que sabía usar el torno y que le enseñó a trabajar con él.

“Me gusta mucho el pop art. Por eso, con ella nos escapamos al taller y ella me daba clases. Empezamos a hacer objetos. Me gustaba hacer tazas o cosas en forma de mujer y ponerles celulitis y crear cosas raras”.

Andrea siempre ha mantenido activo su trabajo de cerámica junto con la música, pero fue hasta 2020, durante el encierro por la pandemia de COVID-19, cuando tuvo la oportunidad de dedicar más tiempo a la cerámica y surgieron ideas para mezclar este arte con la música.

Así nació Ovarios Calvarios, una exposición de piezas que fueron presentadas en el Museo Claustro de San Agustín, en Bogotá, Colombia, en 2022 y que abordó distintos casos de agresiones y violencia sexual sufridos por mujeres en su país durante la pandemia. Las piezas fueron acompañadas por canciones antiviolación: tres temas musicales con sus respectivos videos, realizados en colaboración con artistas como Vivir Quintana, La Muchacha y Las Añez.

Andrea reconoce que el “show business” no es lo suyo. Estar en su taller, embarrada de barro, es lo que más la hace sentir cómoda y feliz, porque ama la privacidad y la tranquilidad que el escenario no siempre le permite.

Esa relación entre la cerámica y la música también inspiró las canciones que acompañan algunas de sus piezas, como “Perú”, “Eterno”, dedicada a Gustavo Cerati, “Mor” y “La Teta Pirata”.

La fórmula se ha replicado en otros proyectos, como la celebración de los 30 años de La Pipa de la Paz, para la que ha estado haciendo pipas y hasta una figura de Enrique Bunbury en cerámica, pues él es parte de sus duetos históricos en ese álbum.

Andrea durante su concierto compartiendo momentos de risa con Ignacia Echeverri, quien acompaña a Andrea por tercera vez en una presentación en vivo.

“Treinta años haciendo lo que me da la gana”

Echeverri es históricamente una de las voces más contestatarias entre las cantantes latinoamericanas. Su obra no solo ha abordado el machismo, sino también distintas situaciones sociales y políticas de Colombia y del mundo. Lo ha hecho a través de sus canciones, audiovisuales e incluso de su ropa e indumentaria, como ocurrió recientemente en el Tiny Desk, donde parte de su vestuario fue un tributo a su experiencia como sobreviviente del cáncer de mama, donde reconoce que aunque está celebrando los 30 años de La Pipa de la Paz, el momento actual no es precisamente una “pipa de la paz”.

Pese a ello, afirmó que continuará haciendo lo que hace, independientemente del contexto en el que se encuentre. El día en que se realizó esta entrevista, habló también sobre el contexto político de Colombia y sobre el avance de posiciones que le generan preocupación.

“No sé qué esperar. Estoy un poco asustada, pero la oposición de Colombia está muy organizada y han recalcado que están pendientes de lo que ocurra. Y yo, por mi parte, no sé hacer otra cosa. Todo lo que hago es lo que siento, lo que me sale. Soy muy de buenas porque tengo treinta y pico de años haciendo lo que me da la gana y, aunque me impongan fórmulas o maneras de decir las cosas, no puedo con ellas”.

El concierto

Durante más de una hora, Andrea, acompañada de Ignacia Echeverri, interpretó en la Alianza Francesa un repertorio que emocionó a las y los asistentes. El público coreó canciones como “Carne y Hueso”, “Florence”, “El Fusil y La Corbata”, “Mamíferas”, “La Teta Pirata” y “Piernas”, además de himnos históricos como “Eterno”, “El Estuche”, “Maligno”, “Florecita Rockera” y “Baracunatana”.

Esta última fue uno de los puntos culminantes de la velada, interpretada de manera sorpresiva junto a Las Musas Desconectadas. El concierto también incluyó una versión de “La Ciudad de la Furia”, de Soda Stereo, una canción que Andrea hizo suya después de haber sido invitada por Gustavo Cerati para el Unplugged de MTV en 1996.

La emoción de los fanáticos se hizo notar, a tal punto que dejaron sus asientos y bailaron con Andrea frente al escenario.

El encuentro entre Andrea e Ignacia dejó también una lección sobre cómo el arte puede convertirse en una forma de conexión, sin importar las fronteras ni las diferencias generacionales.

Su apertura para hablar sobre el proceso que atravesó con el cáncer de mama y sobre el agradecimiento que siente por seguir creando y disfrutando esta etapa de su vida mostró a una artista que, después de más de tres décadas de carrera, continúa explorando nuevos caminos.

Su presentación fue también un mensaje de empoderamiento femenino que estuvo presente en los visuales y el vestuario, pero sobre todo en las historias que las sostienen.

Veinte años después de su última visita, Andrea Echeverri es una artista que continúa creciendo en distintas direcciones. Pero también que tiene claro que la mejor manera de atravesar los años es seguir creando desde la honestidad.

 

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