Escribir cada vez se vuelve más difícil. Para quienes nos levantamos y lo primero que hacemos es pensar qué pasó en el país y en el mundo, cada día parece más complicado encontrar las palabras para explicar lo que estamos viviendo. El dolor y la desesperanza son sentimientos que ya no se pueden esconder. Yo siempre recuerdo que el optimismo también es parte de los valores revolucionarios, porque quienes aspiramos a otro mundo tenemos la responsabilidad de mantener viva la esperanza de que algún día caerán las formas tan desiguales en las que vivimos.
Pero mientras el mundo se enfrenta a un nuevo orden político y económico, Brasil aparece nuevamente en el centro de una disputa que también nos interpela al resto de América Latina. Un país con una enorme historia de organización popular, de luchas comunitarias, sindicales, feministas, indígenas, territoriales y antirracistas se prepara para una nueva elección presidencial en un momento en el que los discursos conservadores parecen ganar cada vez más espacio en nuestra región.
Hablar de Brasil, para mí, es hablar de una ciudadanía que nos ha enseñado tanto sobre la necesidad de nunca perder la fe en que las cosas pueden cambiar. Es pensar en un país que nos ha dado ejemplos de organización comunitaria, de defensa de la vida y de resistencia frente a las adversidades. Pero también imagino lo cansado que debe ser para una generación tras otra tener que pelear contra las mismas desigualdades, contra la pobreza, contra el racismo, contra el patriarcado y contra quienes convierten cada conquista social en una amenaza. Debe ser agotador sentir que después de tantos años de lucha todavía hay que volver a defender lo que parecía conquistado.
Y es precisamente en ese cansancio donde la desesperanza encuentra un terreno fértil. Es ahí donde aparecen discursos que ofrecen respuestas sencillas para problemas profundamente complejos y que necesitan encontrar un enemigo al cual responsabilizar de todo aquello que no funciona. En los últimos años, uno de esos enemigos ha sido el feminismo, junto con el reconocimiento de los derechos de las personas LGBTIQA+: las mujeres que deciden sobre sus cuerpos y todas aquellas personas que cuestionan la idea de una familia única, tradicional e inamovible.
Hablar de aborto, de lesbianas, de personas trans o de hombres gays termina siendo mucho más sencillo que explicar por qué millones de personas siguen viviendo en condiciones de desigualdad. Es más fácil convertir el cuerpo de una mujer o la identidad de una persona trans en un campo de batalla moral que hablar de quién concentra la riqueza, quién controla los territorios, quién se beneficia de los recursos naturales o por qué tantas personas tienen que sobrevivir con salarios que no alcanzan para vivir.
También resulta más fácil hablar de quienes consideran que amenazan la familia que explicar por qué tantas mujeres sostienen solas sus hogares, por qué los trabajos de cuidado siguen recayendo principalmente sobre ellas o por qué tantas familias viven en condiciones de precariedad.
Eso lo hemos visto en Brasil y también en otros países de nuestra región. Durante el gobierno de Jair Bolsonaro, mientras se profundizaban las disputas alrededor de la Amazonía, de las políticas ambientales y de los derechos de distintos sectores de la población, el discurso político también encontró en el feminismo, en la diversidad sexual y en la defensa de una determinada idea de familia una manera de movilizar temores y construir enemigos. La pandemia, además, dejó en Brasil una tragedia humana que todavía forma parte de la memoria de millones de familias.
Pero cuando una sociedad está cansada y desesperanzada, es fácil que aparezcan figuras que prometen convertirse en la respuesta para todo. Hombres que hablan de orden, seguridad, prosperidad y grandeza, que se presentan como los únicos capaces de conducir a sus pueblos hacia ese horizonte que todas y todos anhelamos. En América Latina conocemos demasiado bien esa fórmula. La hemos visto aparecer con distintos nombres, distintas banderas y distintos discursos, pero con una característica común: la construcción de una figura que pretende representar por sí sola la voluntad de un pueblo.
El problema es que estas figuras mesiánicas no solucionan las desigualdades. Por el contrario, muchas veces consiguen que dejemos de hablar de ellas. Mientras se discute sobre moral, se deja de hablar de economía; mientras se habla de familia, se deja de hablar de cuidados; mientras se convierte el aborto en el centro de la discusión pública, se dejan en segundo plano las condiciones en las que viven las mujeres que trabajan, cuidan y sostienen buena parte de nuestras sociedades.
Por eso me parece tan importante mirar más allá de los discursos y preguntarnos qué está pasando realmente con la vida de las personas. En Brasil se discuten asuntos como la reducción de la jornada laboral, las condiciones de trabajo, la desigualdad, las políticas sociales, la protección de la Amazonía y el papel que debe tener el Estado. En El Salvador, mientras tanto, hemos visto cómo se construyen discursos de modernidad y prosperidad alrededor de proyectos que también han tenido consecuencias concretas sobre nuestras vidas y nuestros territorios. Las diferencias entre ambos países son enormes, pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué decisiones están contribuyendo realmente a reducir las desigualdades y cuáles solamente están construyendo una narrativa alrededor del poder?
Sin duda, la población brasileña tendrá mucho que decir sobre Lula y sobre su gobierno. Tendrá críticas, demandas y razones para cuestionar sus decisiones. Ningún gobierno debería estar por encima de la crítica. Pero también deberíamos preguntarnos qué ocurre cuando una figura política prefiere centrar buena parte de su discurso en la moral, en la familia y en sus “enemigos culturales», mientras deja en segundo plano las discusiones sobre las condiciones materiales de vida de la mayoría de la población.
Porque una cosa es defender una idea de familia y otra muy distinta es utilizarla para decidir quién merece derechos.Una cosa es hablar de religión y otra utilizar la fe para convertir en enemigos a quienes no viven de acuerdo con determinadas normas morales.Una cosa es defender la libertad y otra utilizar esa palabra para justificar que otras personas no puedan decidir sobre sus propios cuerpos, sus familias o sus vidas.
Y ahí es donde la desesperanza se vuelve peligrosa. Porque cuando una población está cansada puede llegar a pensar que cualquier cosa es preferible a lo que tiene. Puede comenzar a creer que alguien tiene que venir a poner orden, aunque ese orden signifique entregar derechos que costaron décadas de lucha. Puede llegar a pensar que la solución está en regresar a un pasado que, en realidad, nunca fue igual para todas las personas.
Por eso también me preocupa tanto la manera en que el conservadurismo ha conseguido convertir la religión y la defensa de la familia tradicional en una herramienta política. Porque cuando hablamos de familia tenemos que preguntarnos de qué familias estamos hablando. La familia que existe en nuestras sociedades no es una sola. Está formada por madres que crían solas, abuelas que cuidan a sus nietos, mujeres que sostienen económicamente sus hogares, parejas del mismo sexo, personas trans, familias atravesadas por la migración, por la pobreza y por la violencia. La vida real nunca ha cabido completamente dentro de ese modelo de familia que algunos utilizan como bandera política.
Y quizá por eso necesitan convertirlo en una batalla cultural.
Porque mientras discutimos quién tiene derecho a formar una familia, dejamos de hablar de las condiciones que permiten que esas familias puedan vivir dignamente.Mientras discutimos sobre quién puede amar a quién, dejamos de hablar de quién tiene acceso a una vivienda, a un salario digno, a salud o a educación.Mientras nos dicen a quién debemos temer, dejamos de preguntarnos quién está tomando decisiones sobre nuestros territorios.
Eso es lo que deberíamos mirar con cuidado en estas elecciones y en todas las elecciones de nuestra región. No solamente quién promete salvarnos, sino qué proyecto económico, social y político está detrás de cada discurso. No solamente quién habla más fuerte de nuestros valores, sino quién está hablando de las condiciones concretas en las que vive la mayoría de la población.
Porque nuestros pueblos no necesitan mesías.
Necesitan derechos.
Necesitan justicia.
Necesitan trabajo digno.
Necesitan salud y educación.
Necesitan territorios protegidos y comunidades con capacidad de decidir sobre sus propias vidas.
Y necesitan, sobre todo, recuperar la esperanza de que la política puede volver a significar algo más que elegir quién tendrá el poder.
Brasil tiene una historia demasiado grande para reducirla a una sola persona. Sus movimientos sociales, sus comunidades, sus mujeres, sus pueblos indígenas, sus trabajadores y sus juventudes han construido buena parte de las transformaciones que hoy existen. Ningún presidente puede reemplazar esa historia y ningún gobierno debería conseguir que la olvidemos.
Por eso, en medio de tanta desesperanza, quizá lo más importante sea no perder la capacidad de imaginar que las cosas pueden ser diferentes. No porque sea fácil, ni porque exista una fórmula mágica, sino porque renunciar a esa posibilidad es precisamente lo que necesitan quienes quieren convencernos de que no existe alternativa.
La desesperanza nos hace pensar que cualquier salvador es mejor que seguir luchando.
La historia de nuestros pueblos nos demuestra que no es así.
Y quizás mantener viva la esperanza, cuando todo parece decirnos que debemos abandonarla, siga siendo una de las formas más profundas de resistencia.