Quiero escribir en tono cercano para quienes, como yo, se han cuestionado la decisión de ser madres y lo que puede implicar gestar, parir, educar y, en general, maternar. Quiero partir de algunas interrogantes, que dan inicio desde mi experiencia, de mis propias contradicciones y reflexiones, aunque sé que aparecerán muchas más. ¿Es suficiente desear ser madre?, ¿qué diferencia hay entre deseo y elección?, ¿qué experiencias, expectativas y condiciones atraviesan ese deseo?
Por. Keyry Bustamante
Puede que mis pensamientos generen más preguntas que respuestas, no pretendo que este escrito resuelva una interrogante tan amplia. Lo que sí espero es que estas reflexiones puedan acompañar a alguien en su análisis personal.
¿Nuestro deseo realmente nos pertenece?
Me interesa pensar la diferencia entre desear algo y elegirlo. Escucho hablar de “la maternidad deseada”, lo cual me parece muy válido porque cuestiona la imposición, pero no deja de parecerme incompleta, como si el hecho de quererla fuera suficiente para convertirla en una decisión consciente. Pero, ¿qué significa elegir?, ¿qué parte de ese deseo nace de nosotras y qué parte nace de todo lo que aprendimos que debíamos desear como mujeres?
Recuerdo que, en la escuela estudié “el ciclo de la vida”, que contemplaba cuatro etapas: nacer, crecer, reproducirse y morir, todas ellas presentadas como procesos naturales, inherentes e irrenunciables de la existencia. Desde allí tuve mi primera interrogante sobre la reproducción. Aunque me pareció que no encajaba al mismo nivel que las demás, solo fue un pensamiento aislado.
Hablar sobre tener descendencia nunca fue tema de conversación para mí, salvo cuando se trataba de evitarlo. Me aterraba la idea de un embarazo mientras continuaba estudiando. Mi verdadero cuestionamiento empezó en la Universidad, cuando supe que era una opción y no un destino que debía retrasar.
Sin embargo, el cuestionamiento se hizo mayor cuando finalicé mis estudios superiores, y ese mandato de evitarlo se convirtió en una expectativa externa, que aumentó luego de casarme, como si indudablemente fuera el siguiente paso.
Esto me llevó a comenzar con un ejercicio personal: ¿qué pasaría si nadie esperara nunca que yo fuera madre? Y durante años sostuve ante mi entorno que no quería serlo. Esto me trajo muchos cuestionamientos, hasta que, con el paso del tiempo, terminaron por comprender o resignarse a la idea.
Luego mi perspectiva cambió, en otras condiciones y sin expectativas familiares de por medio, pude preguntarme si realmente quería serlo, el cuestionamiento dejó de centrarse en lo que se esperaba de mí y la idea se volvió más interna. Eso no significa que todas las mujeres que no desean maternar vayan a cambiar de opinión, ni que deban hacerlo. No querer tener hijos es tan válido como quererlos.
Aquí empezó la siguiente etapa de ese camino, la maternidad analizada en un contexto sociopolítico y ambiental. Tomar una decisión cuando se tiene consciencia de lo caótico que parece el futuro. La idea de procrear se muestra como si se tratara de una decisión que sucede únicamente de forma interna, como si bastara con quererlo, organizarse individualmente y asumir las responsabilidades que conlleva. Pero la maternidad ocurre en un contexto, y eso importa.
Importa lo necesario para una vida digna, no solo el alumbramiento. Importa el costo de la vida, el empleo y su relación con el tiempo para los cuidados, disponibilidad de servicios públicos; educación, agua, salud, una vivienda segura y la existencia de redes dispuestas a acompañarnos en la crianza, el tipo de masculinidades con quienes se comparten las responsabilidades, importa en general, el tipo de mundo en el que estamos pensando criar.
Estas contradicciones no necesariamente invalidan el deseo, pero lo vuelven más complejo y hasta cierto punto, más cercano a la experiencia de tomar decisiones importantes. No quiero reducir este análisis solo a la idea de que hay que tener condiciones materiales para hacerlo, porque estaría cayendo en una postura clasista en la cual solo las personas con determinado acceso económico pueden tener descendencia, más bien intento plantear que se debería tener condiciones sociales justas para poder vivir dignamente y que estas condiciones también influyen en la decisión de traer a un nuevo ser al mundo.
Tampoco intento reducir el ser madre con la procreación; si bien, reproducirse es un proceso biológico; ser madre y maternar involucran dimensiones personales, así como funciones sociales y políticas que no son resultado únicamente de la capacidad de gestar.
Esto me lleva a una pregunta fundamental, ¿qué es lo que realmente deseamos cuando decimos que queremos ser madres?, ¿deseamos criar-educar?, ¿experimentar el embarazo y el parto?, ¿transmitir algo de nosotras mismas?, ¿cumplir una expectativa de lo que creemos que significa ser una mujer adulta? Aunque no exista una única respuesta, lo que me interesa es que podamos hacernos estas preguntas antes de convertir la maternidad en un futuro irrenunciable, pero también antes de convertirla simplemente en una elección individual.
Lo que pretendo es ampliar la reflexión, que la decisión de la maternidad no se reduzca a la situación individual de cada una, sino que vaya de la mano tanto con las influencias sociales que me llevan a tomar esa decisión, así como las condiciones que la sociedad debería garantizar para que maternar y criar no impliquen una carga que cada familia deba resolver por su cuenta y que mayoritariamente recae en las mujeres sostenida sobre el trabajo de cuidados no remunerado.
No creo que se pueda hablar de una elección individual sin preguntarnos por las condiciones sociales en las que esa elección se da. En sociedades profundamente desiguales, la posibilidad de maternar está condicionada por factores que no todas las personas pueden controlar.
Las decisiones reproductivas guardan relación con las preocupaciones sobre el futuro: la violencia, la desigualdad, la crisis ambiental, el avance de discursos antiderechos y la incertidumbre económica pueden formar parte de las preguntas que una persona se hace al pensar en tener descendencia. ¿Qué significa traer a alguien a un mundo que nos genera incertidumbre?, ¿qué responsabilidad sentimos respecto de las condiciones en las que crecerá?, ¿hasta qué punto nuestras preocupaciones sobre el futuro influyen en el deseo de tener hijas/os?
Después de recorrer reiteradamente estas y otras interrogantes, no creo que exista una respuesta concreta que nos permita determinar si una decisión de ser madre es suficientemente consciente, tampoco creo que deba tenerlas todas para tomar una decisión reproductiva, pero un entorno con una red de cuidados fortalecida, conciencia de clase, reconocimiento de la comunidad como determinantes para el cuidado de la vida, y corresponsabilidad auténtica de la figura paterna minimiza mucho la carga de esa decisión.
Aunque hay otros aspectos que me gustaría analizar en torno al tema, pienso que con lo anterior se abre un punto de partida para que otras personas que también se cuestionan la maternidad puedan dialogar acompañadas y aunque la reflexión no quita las contradicciones; permite reconocerlas y decidir qué lugar tendrán en nuestra elección.
Cada persona posee una historia distinta, con experiencias, deseos y condiciones particulares. No partimos del mismo lugar, ni tenemos las mismas oportunidades para decidir, sin embargo, la oportunidad de cuestionarnos el deseo de ser madre no debería ser un privilegio sino parte de nuestra autonomía, es un primer paso para dejar de ver la maternidad como destino, y pensarla como elección consciente, libre de expectativas ajenas y de la idea de que inevitablemente debamos desearla.
Después de todo este diálogo, amplío una de las preguntas iniciales ¿es suficiente desear ser madre para que sea una maternidad elegida?
Tal vez elegir conscientemente no consista en liberarnos de todas las influencias sociales, eso sería casi imposible, ya que crecemos dentro de contextos sociales que inciden en la construcción de quienes somos, pero podemos intentar reconocer esas influencias y examinar si eso que creemos desear sigue teniendo sentido para nosotras cuando nadie lo espera y dejamos de asumirlo como algo inevitable, allí existe una diferencia interesante entre decir que “siempre hemos querido algo” (como deseo romántico) y preguntarnos por qué lo queremos, es decir, más allá del deseo.
Cuestionar la maternidad no la hace más legítima, ni la decisión más correcta, pero nos permite elegir desde un espacio más consciente, no quiero colocar más presiones en las mujeres sobre sus decisiones, sino abrir la oportunidad de preguntarnos por qué deseamos algo y qué condiciones necesitamos para vivir esa experiencia.
Este escrito también representa una forma de aliviar las contradicciones e incluso la culpa que pueden surgir en quienes decidimos, con cierto nivel de conciencia del mundo en que vivimos, traer una nueva vida a él. Haber elegido la maternidad no implica ignorar las desigualdades, las injusticias ni las condiciones sociopolíticas en las que esa vida crecerá. Una parte de esta reflexión consiste en preguntarnos qué mundo estamos construyendo y qué posibilidades tendrán las nuevas generaciones, pensar en maternidad también es pensar en las transformaciones por la justicia social.