Rebeldías lésbicas

Seré honesta: la edición de este magno medio de comunicación me ha pedido escribir una columna en conmemoración de un día que no me ha convocado nunca y he aceptado no por abusiva ni por afán de figurar, sino para confrontar, justamente, el por qué el Día de las Rebeldías Lésbicas nunca ha sido algo donde yo me veo representada. No sé si dicho desarrollo sea de interés para alguien que no sea yo y, marginalmente, de mi editora, pero dado que eso no me ha detenido nunca, heme aquí.

Por. Virginia Lemus 

No me siento, ni me he sentido nunca, una persona rebelde. Nunca, que yo sepa, me he enamorado de una lesbiana. ¿Eso me descalifica de ser una rebelde lésbica? ¿Qué es, en concreto, la rebeldía? Siento que se habla menos de eso que de la lesbiandad, que si una le cree a las lesbianas de internet, es más inalcanzable, tiene más grados de pureza y es más compleja que dividir entre tres cifras. 

Quizá sea más fácil empezar por lo que me descalifica: no soy, según los arbitrarios estándares que yo sola me he autoimpuesto, una persona rebelde. No para mí, al menos, pero quizá sí lo sea para mi origen. Podría ponerme cínica y decir que una a una, las mujeres de mi estirpe fueron poniendo una gradita que le permitía a su sucesora desobedecer un poquito más. Mi nana, que hacía tareas bajo el candil público porque en su casa no había electricidad, veía con desprecio, con sorna, mi leer porque sí. Ella, mi abuela, mi bisabuela, presas todas de relaciones miserables, de maridos que les drenaron la vida, no sabrían muy bien qué hacer con mi vida si supieran qué es lo que hago con ella. Quizá mi primera rebeldía sea esa: no el haberme armado una vida que ellas no entienden, sino una, la primera en quién sabe cuántas décadas, en no ser destruida por la presión de unirme a un hombre. ¿Es eso rebeldía?

En mi mente, la rebeldía es algo que une hace, no algo que une es. Nada de rebelde hay en mi cotidiano hacer: le pongo canela al agua de mi café, pero eso lo hace cualquier ser con papilas gustativas. No me rasuro la cuca, pero es porque me niego a tener el cujuyito cual huisquil y, además, esa onda pica. He dejado de comprarle a la panadería que usa inteligencia artificial para generar sus afiches porque el agua y el cambio climático y así. ¿Es eso rebeldía? No, la verdad es que no. 

¿Es rebeldía enamorarme de mujeres? Diay, vieras que tampoco. Para que lo fuese, habría que creer que la atracción, que el afecto son cosas conscientes y no un azar delicioso y desobediente que lo arrasa con todo. De serlo, cualquier pareja de mujeres sería la más acérrima enemiga de las dictaduras, los fascismos y los conservadurismos varios, pero basta ver alrededor, a la cerradísima red de inteligencia de las lesbianas para saber que eso no es cierto: chingo de cerotas hay que van por la vida muy contentas con puestos que pagan bien y solo les piden cooperar con la destrucción de la calidad de vida de tantísima gente. Muchas de ellas no lo pensaron ni dos veces antes de ocultar quienes son, de priorizar su estabilidad en virtud de seguir viviendo en familias que las detestan. Hay muchas majes que creen que ser asuntas a la cima del lesbianómetro pasa por ser las chaneques del cis-tema y decidir unilateralmente quién es mujer y quién no, quién es lesbiana y quién no. ¿Son ellas rebeldes? ¿Lo soy yo?

Todo es muy cómodo cuando une piensa que la rebeldía es un asunto individual, aislado, fugaz. Alguna vez, hace un par de años, vi a un par de bichas abrazándose y besándose en una parada de buses. Yo, como lesbiana geriátrica, sentí correr por mi columna el mismo terror que vi en los ojos de una ex mía cuando se rozaron nuestras manos al subir una maleta en un bus. Cuando vivís en un entorno tan asesino como el nuestro, como el que conocemos, en el que nos ha tocado llorar, enamorarnos, construir, podría parecer que rasurarte la sien te vuelve Rosa Luxemburgo. El punto es que hay un chingo de gente con la sien rasurada que es no facha, sino lo que le sigue. Mucha gente que cree que vestirse como mecánico es un acto sumamente transgresor. Que admitirse a sí misma que le gustan las mujeres es algo que haría a todas las mujeres de su estirpe arrancarse el pelo. Admitirse tal cosa es valiente en un entorno como el nuestro, sí, pero no es rebelde.

¿Vos sabés qué es la rebeldía? Yo lo descubrí hace un par de días: hablando después de clase, un compa de la u me preguntó si yo militaba. Me tomó décadas poder aceptar que sí, que mi militancia es feminista y es lésbica. Es rebelde porque me une a las compañeras que van minando las vigas del mundo a punta de sus luchas. Mientras lo hacen, van tejiendo redes cómplices, silentes, que les permiten ir creando de poco en poco los cimientos del mundo que vendrá. Su rebeldía, que es la mía, consiste, entre otras cosas, en negarse al fácil y cómodo pesimismo de creer que ya no hay nada por hacer, que todo está perdido. 

Yo no soy rebelde sola. No puedo serlo. Vista bajo el mordaz microscopio de mi propia mirada, yo la he pasado bastante chiche: soy una maje lo suficientemente cínica, lo suficientemente cerota como para osar vivir la vida que quiero vivir, pero que para ello tuvo que atreverse a ser lesbiana más allá de rasparse la sien, más allá de leer teoría y aventar conceptos cual tazos («Virginia, la bichada no sabe qué es un tazo», dirá usted. «Hagan sho», diré yo). Mi rebeldía viene de mis compañeras, las que no me dejan recluirme en mi cabeza ni en la felicidad azarosa del enamoramiento rosa: harta lesbiana hay en este mundo muy feliz, muy contenta con la subasta infinita del país, de lo que nos pertenece a todes. Mi rebeldía viene de las compañeras que me exigen algo más que pensar, que escribir babosadas. Mi rebeldía, que es lésbica, viene de saber que no soy ni puedo ser nunca dueña del deseo de mi pareja; que su libertad es tan importante como la mía. Que juntas, ojalá, vamos a ir minando los cimientos del mundo que anhela destruirnos y tejer, paso a paso, la vida que vendrá.