Pensamientos desde El Salvador para Colombia: No romantices a Bukele

En los últimos meses hemos visto cómo el mundo debate entre caer nuevamente en una espiral de ultraderecha que avanza sobre América Latina hasta hacernos pensar que todo esto es normal. 

Por. Keyla Cáceres

Hace unos días me llegó un mensaje preguntándome cómo es que El Salvador ha retrocedido alrededor de siete décadas en tantos sentidos. Y no solo hablo de derechos humanos, porque muchas veces, como población, ni siquiera entendemos realmente de qué hablamos cuando hablamos de derechos.

Cuando empecé a escribir pensé: ¿qué es lo más doloroso que nos ha pasado y que hoy jamás podremos recuperar? Inmediatamente recordé aquellos momentos en los que podíamos construir desde la alegría y la esperanza: las noches de baile, los debates intensos, las discusiones para priorizar agendas, las galerías de arte, las compañeras haciendo películas, las investigaciones para hacer contraloría social; y podría seguir. 

Personalmente, imaginaba cómo las feministas podríamos colarnos en los espacios de toma de decisión, como lo estaban haciendo las compañeras en Argentina, México o Colombia. Pero todos esos planes se vinieron abajo en 2021.

El candidato presidencial que se reunió con población LGBTIQ+, que llegó a la Universidad de El Salvador a subirse a una tarima y hablar como si fuera un estudiante punk más; el que copió propuestas feministas en su plan de gobierno; el que hablaba de la importancia de cuidar las reservas naturales; el que decía oponerse a la crueldad de encarcelar personas sin sentencia firme; el que aseguraba rechazar las negociaciones con grupos criminales… terminó llegando al poder gracias a esos mismos grupos. Y con ellos ganó las elecciones presidenciales de 2019 y las legislativas de 2021.

Ese hombre no gobierna solo. Gobierna junto a su familia, sus aliados y sus financistas. Y al final del día solo responde a los intereses de ese grupo de poder. 

Es doloroso ver cómo hoy tenemos que escondernos para hablar de lo que vivimos, cómo cada vez más personas buscan únicamente sobrevivir, porque en este país ya no se vive. 

Estamos experimentando uno de los retrocesos más grandes de nuestra historia reciente y la pobreza se vuelve más dura cada día.

Pero lo que más me duele al pensar en lo que perdimos es la destrucción de la organización comunitaria a través del régimen de excepción. Nos pusieron una vez más a las personas pobres unas contra otras.

Porque estoy segura de que quien captura a personas inocentes bajo el régimen también es un hombre o una mujer pobre; la única diferencia es que una persona trabaja en el campo, en construcción o vendiendo en la calle, mientras la otra porta un uniforme azul o camuflado.

Finalmente, espero que en Colombia no piensen que este país es un reflejo de modernidad. Somos el país con una de las mayores poblaciones penitenciarias del mundo y con miles de infancias creciendo entre el miedo y la ausencia, buscando en los rostros que pasan a sus madres o padres arrestados sin haber cometido ningún delito. 

Son infancias que se esconden bajo las faldas de las mujeres mientras familias enteras recorren cárceles buscando noticias de sus hijos e hijas.

Piensen, si me leen desde Colombia, que, si nunca quisieron parecerse a Venezuela, hoy van camino a parecerse más de lo que imaginan. Porque si Maduro persiguió a la prensa, Bukele hace lo mismo. Porque si en Venezuela la permanencia en el poder dejó de depender de la voluntad popular, en El Salvador pasa lo mismo.

Estos gobiernos no se van simplemente porque la población deje de quererlos. No les importó ni siquiera medio millón de firmas para evitar la tala de cientos de árboles para construir un centro de convenciones que nadie pidió, porque al final solo era otro negocio para los amigos, la familia Bukele y los aliados del gobierno. 

Son muy parecidos los gobiernos de Bukele y el de Maduro, por eso les insistimos que no se dejen engañar con publicidad. 

No caigan en la mentira de “si no hacen lo que queremos, los sacamos”. No es cierto. Cuando estos gobiernos autoritarios, sobre todo aquellos respaldados por el imperialismo moderno y la expansión de la ultraderecha, logran consolidarse, sacarlos del poder deja de depender únicamente de la voluntad popular. 

Cuatro años bastan para destruir un territorio, romper el tejido comunitario y normalizar el miedo. No vendan sus libertades por palabras vacías.