La violencia, la impunidad y la falta de justicia dejan marcas que no siempre se ven, pero que muchas veces se alojan en el cuerpo, las emociones y la vida cotidiana de las mujeres. En el marco del Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres, Revista La Brújula conversó con Dinora Torres, psicóloga feminista con 16 años de experiencia, sobre estas huellas emocionales y sobre la importancia de construir espacios de acompañamiento y colectividad como la iniciativa Sanando Juntas.
Por. Redacción
Cada 28 de mayo se conmemora el Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres, una fecha impulsada desde 1987 por la Red de Salud de las Mujeres de América Latina y el Caribe para reivindicar el acceso universal a una salud integral, reproductiva y libre de discriminación.
Aunque la conversación suele centrarse en la salud física y sexual, también importante hablar del bienestar emocional y de aquellas experiencias que atraviesan la vida cotidiana de las mujeres: como las violencias, la sobrecarga, el miedo, la revictimización y la falta de justicia que también impactan la salud, el cuerpo y en la salud mental, aunque muchas veces permanecen invisibilizadas.
Cuando hablamos de salud de las mujeres, ¿Qué relación existe entre justicia, violencia y bienestar emocional?
La relación es directa: la violencia y la falta de justicia también afectan la salud de las mujeres. Y cuando hablamos de salud, no hablamos únicamente de lo físico, sino también del bienestar emocional, mental y social. Lo que atraviesa la vida de las mujeres impacta su cuerpo, sus emociones y su forma de habitar el día a día.
Muchas veces la salud mental se piensa como algo individual o ligada únicamente a síntomas y diagnósticos, pero no puede entenderse separada del contexto. Las condiciones en las que viven las mujeres —la violencia, la desigualdad, la precariedad económica o la sobrecarga de cuidados— también producen malestar y afectan el bienestar.
Por ejemplo, la doble o triple jornada que muchas sostienen entre el trabajo remunerado, las tareas domésticas y el cuidado genera estrés constante, ansiedad, agotamiento y preocupación. También está la carga económica: muchas mujeres administran recursos limitados dentro de sus hogares mientras sostienen las necesidades de otras personas, y eso representa una presión emocional permanente.
Incluso hay investigaciones que relacionan enfermedades autoinmunes, como el lupus o la fibromialgia, con procesos emocionales sostenidos. Y no deja de llamar la atención que muchos de estos diagnósticos aparecen mayoritariamente en mujeres. Eso también habla de cómo ciertas experiencias atraviesan el cuerpo.
Por eso hablar de salud de las mujeres también implica hablar de justicia, de violencia y de bienestar emocional. Porque lo que viven las mujeres deja huellas, y esas huellas también se expresan en la salud mental y física.
En cuanto al impacto emocional de la impunidad, ¿Qué efectos psicológicos puede generar la falta de justicia en mujeres sobrevivientes de violencia?
Cuando una mujer atraviesa una situación de violencia y no encuentra justicia, eso también impacta directamente su salud mental y su bienestar emocional. La falta de respuesta institucional puede profundizar el sufrimiento, porque no permite cerrar procesos ni avanzar hacia la reparación. Cuando no hay justicia, muchas veces quedan heridas abiertas, duelos no resueltos, miedo, frustración, enojo y una sensación profunda de desprotección.
Muchas mujeres se acercan a las instituciones buscando apoyo, confiando en activar mecanismos de protección frente a una violencia o una vulneración de derechos. Pero cuando esa respuesta no llega, o cuando no existe reparación, eso deja consecuencias emocionales importantes. La impunidad también revictimiza, porque obliga a muchas mujeres a seguir sosteniendo el peso de lo vivido sin acompañamiento ni garantía de que habrá consecuencias para quien ejerce esa violencia.
Además, la impunidad también manda un mensaje a nivel social: que la violencia contra las mujeres puede ocurrir sin castigo, y que sus derechos pueden ser vulnerados sin consecuencias. Eso afecta no solo a quienes atraviesan directamente esas experiencias, sino también la forma en que las mujeres habitan los espacios, se sienten seguras y confían —o no— en las instituciones.
Por eso es importante seguir hablando de violencia y acceso a la justicia. Aunque muchas veces no existen datos visibles o se intente instalar la idea de que el problema ha desaparecido, sabemos que estas violencias siguen ocurriendo. Nombrarlas también es una forma de reconocer sus impactos y de insistir en la necesidad de justicia, reparación y condiciones dignas para la vida de las mujeres.
¿Qué pasa emocionalmente cuando una denuncia no avanza o no se cree en el testimonio de una mujer?
Cuando hablamos de una denuncia que no avanza también hablamos de revictimización, y eso tiene un impacto emocional profundo en la vida de las mujeres. No solo afecta su bienestar emocional, también su salud física y social. La espera de respuestas que no llegan, los procesos detenidos o la falta de reparación generan un desgaste emocional importante y pueden profundizar el trauma.
La revictimización también ocurre dentro del propio sistema: en los peritajes, en la manera en que se les habla a las mujeres, en las miradas, los gestos, la falta de empatía o cuando se les pide repetir varias veces su testimonio. Todo eso vuelve a abrir la herida.
Y cuando hablamos de trauma, hablamos precisamente de eso: de una herida. Una experiencia que deja efectos emocionales que pueden manifestarse de muchas formas: estrés postraumático, ansiedad, ataques de pánico, pesadillas, tristeza profunda, enojo o desesperanza. Muchas mujeres sienten que, pese a haber denunciado, nada cambia, y eso también afecta la confianza en el sistema y en la posibilidad de que exista justicia.
Otro efecto frecuente es querer abandonar el proceso. Muchas pierden la esperanza de que habrá reparación, y eso profundiza el dolor porque la denuncia también representa la búsqueda de justicia frente a lo ocurrido.
¿Qué heridas deja el “nadie me creyó”?
Que no le crean a una mujer cuando denuncia deja una herida profunda. No solo por el daño inicial vivido, sino porque al dolor de la violencia se suma el dolor de no ser escuchada, de no ser validada y de sentir que quienes deberían protegerla también le fallaron.
Cuando eso pasa, aparece mucha frustración, culpa, tristeza, rabia y desconfianza. Y esa desconfianza no se queda únicamente en lo personal: también impacta la relación con las instituciones y con la idea misma de denunciar. Muchas mujeres se preguntan: “¿Para qué voy a denunciar si no me van a creer o si no va a pasar nada?”
Ese mensaje también trasciende a otras mujeres. Cuando una denuncia no encuentra respuesta o cuando una mujer es revictimizada, se instala socialmente la idea de que denunciar puede no servir, o incluso que puede implicar más daño. Por eso el impacto no es solo individual; también tiene una dimensión colectiva y política.
Por eso sigue siendo necesario hablar de estos procesos y preguntarnos qué está pasando con el acceso a la justicia. Existen marcos de protección y leyes que reconocen derechos, pero mientras muchas mujeres continúen enfrentando violencia, revictimización y obstáculos para acceder a justicia y reparación, la deuda sigue ahí.
El cuerpo también habla cuando atravesamos situaciones que nos afectan. ¿Cómo se manifiesta emocional y físicamente el estrés prolongado en las mujeres?
El cuerpo tiene memoria y esa memoria guarda experiencias, emociones y situaciones que nos han atravesado, incluso aquellas que a veces no logramos nombrar del todo. Por eso muchas veces el cuerpo habla antes que las palabras.
El estrés prolongado puede manifestarse de muchas formas, porque no afecta solo lo emocional; también impacta físicamente. Puede aparecer a través de problemas gastrointestinales, dolor de cabeza, migrañas, dolores musculares, sobre todo en la espalda, cuello o vientre. También, puede haber alteraciones en el ciclo menstrual, cambios en el sistema inmune o enfermedades recurrentes que muchas veces parecen no tener una explicación clara, pero que también están vinculadas con el desgaste emocional.
A nivel emocional también puede expresarse como ansiedad, irritabilidad, cambios de ánimo, sobrepensamientos o sensación constante de alerta. Muchas mujeres viven en hipervigilancia, como si algo malo fuera a pasar en cualquier momento, y eso mantiene el sistema nervioso en tensión permanente.
También, puede reflejarse en cosas cotidianas que a veces pasan desapercibidas: caída excesiva del cabello, cambios en la piel, rosácea, resequedad, ronchas, morderse las uñas o los labios, rascarse constantemente o incluso infecciones recurrentes. Son señales que muchas veces el cuerpo va dando cuando algo no está bien.
Incluso puede impactar el deseo sexual. Algunas mujeres experimentan una disminución del deseo, agotamiento físico o desconexión con el placer, y eso también puede estar relacionado con el estrés y con las cargas emocionales que están atravesando. Por eso observar el cuerpo es importante. Muchas veces está intentando decirnos algo.
Frente a contextos donde muchas mujeres no tienen acceso a acompañamiento psicológico o espacios seguros para nombrar lo que viven, ¿Qué papel juegan las redes de apoyo entre mujeres? ¿Cómo pueden convertirse en espacios de cuidado y sanación? Y me gustaría que nos cuente también sobre la experiencia de Sanando Juntas.
Las redes de apoyo son fundamentales. También reconocer que algunas mujeres tenemos ciertos privilegios y que podemos utilizarlos para compartir información, acompañar y acercar herramientas a otras que quizá hoy no tienen acceso. Porque hablar de salud mental en El Salvador también es hablar de privilegios: no todas las mujeres pueden acceder a terapia o acompañamiento psicológico. Sigue siendo un derecho profundamente desigual.
En ese contexto nace Sanando Juntas, hace cuatro años, como un espacio pensado para acercar atención en salud mental a mujeres y a poblaciones en mayores condiciones de vulnerabilidad. Surge desde la necesidad de construir una atención más humana, más empática, donde las personas sean reconocidas como expertas de su propia vida, y también desde la intención de cuestionar la psicología tradicional y acompañar desde otro lugar.
Es una clínica feminista que busca ofrecer servicios de salud mental accesibles, seguros y éticos, entendiendo que muchas veces los malestares de las mujeres también están atravesados por violencias, desigualdades y experiencias que necesitan ser escuchadas y acompañadas colectivamente.
Sin embargo, también considero importante abrir espacios donde los hombres puedan involucrarse en el cuidado de su salud mental; por eso, en la clínica también se atiende a hombres cis.
**Buscar apoyo también es una forma de cuidado. Si deseas recibir acompañamiento psicológico en un espacio seguro y de confianza, puedes comunicarte con Sanando Juntas al 6993-5187.