Ninguna dictadura es bonita -Por Lissania Zelaya-

Foto/BBC

Por Lissania Zelaya

En medio de la estrategia de manipulación y desinformación que caracteriza la política comunicativa del gobierno de Bukele se posiciona una tendencia a través de redes sociales #QueBonitadictadura junto a esta frase podemos ver una serie de imágenes de agentes de la Policía Nacional Civil y de la Fuerza Armada prestando servicios a la comunidad, ayudando a ancianos, cargando bultos y hasta jugando con perros.

Es importante mencionar que aunque un militar juegue con un perro no hace que las políticas sean menos antidemocráticas, pero generar un despliegue militar para intimidar a quienes considera su oposición haciendo uso excesivo y desproporcionado e inconstitucional de esta fuerza para “mantener un orden” si convierte a nuestro país en un Estado policial y al presidente en un dictador.

Se debe tener claro que un policía que colabore en acciones humanitarias no hace que un gobierno sea más democrático ni hace de éste un héroe incuestionable pero que un presidente promueva políticas punitivas deshumanizantes, desproporcionales e inconstitucionales o que se criminalice, amenace y acose a las personas defensoras de derechos humanos si convierte a un gobierno en una amenaza para el Estado de Derecho.

Las imágenes y la necesidad de un “salvador” no deben nublar nuestra memoria histórica, nuestra capacidad crítica y de análisis. No olvidemos que fue el ejército salvadoreño fue quien realizó las peores masacres de población civil, de estudiantes, intelectuales y personas defensoras de derechos humanos durante el conflicto armado bajo la misma idea “la represión del enemigo interno” donde toda voz disidente también es valorada como una agresión al orden insaturado.

Siguiendo la línea discursiva de la configuración del enemigo interno es necesario representar al “héroe” porque ningún villano existe sin su antítesis.

Es necesario deshumanizar al enemigo interno dentro de nuestras mentalidades para que como población justifiquemos y aplaudamos los usos desproporcionados del poder punitivo estatal. Humanizar al héroe, exaltar su accionar y promover su imagen como “El personaje bueno de la película” es tan necesario como configurar al enemigo, ello permite la construcción de un ideal y de una figura que representa “la salvación, la autoridad y por tanto lo incuestionable”.

Nos podemos preguntar ¿Quién puede imaginarse que “el bueno de la peli” sea quien termine violando, amenazando, y cometiendo masacres? Nadie. Sin embargo, la historia nos lo sigue demostrando, en especial a nosotras las mujeres, en todos los niveles desde la escuela, la casa hasta la iglesia donde sacerdotes y religiosos violan niños y niñas guardando su apariencia de santidad. 

No pretendo negar en ningún sentido el fenómeno de la violencia en la actualidad, pero si señalar que es resultado de condiciones históricas de vulnerabilidad, políticas represivas, clasistas y del discursos que minimizan e invisibilizan grandes violaciones a derechos humanos.

En un contexto económico capitalista sin límite, voraz y competitivo que después aplica el poder coercitivo capitalizado por el mismo Estado por medio del ejercicio “Ius Puniendi” o “derecho de castigar” con el fin único de “vigilar y controlar” a la población a través del miedo pero siendo insuficiente para solucionar el problema social de la violencia. En la actualidad ese poder está autorizado a utilizar “la fuerza letal”.

Lissania Zelaya es artista, activista feminista, defensora de derechos humanos, graduada de la Universidad de El Salvador de la licenciatura en Jurisprudencias y Ciencias Sociales. Actualmente cursa la licenciatura en Psicología y Diplomado en Neuropsicología del Aprendizaje. Forma parte de colectiva de mujeres artistas feministas, Amorales y es socia fundadora de la Asociación de Mujeres por la transformación social y cultural Ixchel.

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