A Liliana

Hay o hubo, ya no sé, una foto mía muy infame y concisa: en ella tengo 12 años y estoy enojadísima. Estoy acostada en mi cama; frente a mí, un diccionario enciclopédico que solía leer por diversión en aquellos tiempos en los que no había internet ni computadora en las viviendas proletarias de San Salvador. En la pared del fondo, un poster gigante de los Backstreet Boys. Gente que tiene relaciones más sanas con su familia quizá vería una foto similar con exasperado afecto; yo, sabiendo de dónde vengo, creo que la tomaron para ridiculizarme. 

Por: Virginia Lemus

Ciertamente, era con esa intención que se exhibía a veces, cuando les daba por  juntarse a ver las cajas y cajas de fotos que solían tomarse justo hasta el año en que se tomó la que ahora describo. No tengo idea de si sigue existiendo o no, pero en un momento se tomó y me encapsuló con una precisión de miedo.

Me tomó viente años volver a ser ella, pero lo logré. Ya no es un solo diccionario lo que leo, sino un archivo desordenado y escabroso de PDFs sobre cosas horribles. Ya no eran los Backstreet Boys, sino BTS. Ya no hay un poster pegado en la pared, pero hubo, en mis oficinas, lapiceros, babosaditas alegóricas a ellos. Veinte años tomó volver a ese punto que la Virginia de 1999 perdió tan pronto, el mismo que la yo de 2026 no tiene mucho deseo de describir, pero que, contrario a la yo de antaño, ahora tiene palabras para argumentar no a favor de su derecho al goce, sino para reclamar por el arrebato de una parte tan elemental de su humanidad.

El recuerdo es claro y fotoestático: un salón de clase, el sol dando por la espalda. Un preadolescente igual de monstruoso que yo me miraba confundido. Nos conocíamos desde hacía seis años y había sido mi rival desde entonces: competimos en preparatoria por el título de quién leía su primer libro más rápido, quién llevaba mejores notas, esas cosas totémicas que encapsulan el universo escolar. En aquellos días, el acceso a la música era caro y difícil: mi mamá me había comprado un cassette (¡original! ¡Cien colones valía!) de los Backstreet Boys y yo lo había llevado al colegio porque tenía una duda con una palabra: kinda. No aparecía en el diccionario Océano que había en casa y yo no entendía qué significaba, así que no podía traducir a cabalidad la letra de una canción que me gustaba. Lo había llevado para preguntarle a la profesora de inglés qué significaba aquello. Mi acérrimo rival me vio sacando el folleto de la caja del cassette y me dijo: “no sabía que te gustaban esos maricones”. Ese día dejó de considerarme su rival: al expresar un gusto “de niña”, yo había perdido todo atributo intelectual y en adelante habría de ser considerada una estúpida.

El mundo preadolescente es uno muy cruel donde las niñas tienen que cumplir al menos una de tres condiciones: flaca, bonita o inteligente. Yo era gorda y fea. Gustar de una boyband me volvía de facto estúpida aunque estuviese aprendiendo un idioma por mi propia cuenta y a partir de traducir palabra a palabra las (estúpidas) letras de sus canciones. Creo que no es sino hasta ahora que me siento a escribir esto que reparo en lo mucho que me preocupaba no ser considerada una idiota, que fue, durante años, lo único que creía tener a mi favor. Yo podía ser fea, podía ser gorda, pero nunca estúpida. Eso no me lo podía permitir. Sin embargo, pasó y fue devastador.

En otra vida quizá pueda permitirme mentir más sobre mí misma y atribuirme fortalezas que no tengo. Por lo pronto, en esta, lo que necesito hacer es reconocer que no las tuve, que el peso de ser pensada tonta me parecía insostenible porque mi cerebro era lo único bueno en mí y que desde que fui considerada estúpida tomé una serie de decisiones para escapar de aquello: me dejé crecer el pelo, dediqué años al heavy metal, a esconderme bajo capas de ropa negra. Luego, en la militancia, dediqué años, demasiados, a solo oír la nueva trova latinoamericana más comprometida, desafinada y horrible porque era eso lo que yo creía me demandaban los muertos, la sangre derramada y quizá hasta el mismísimo tata Feliciano Ama. Por lo pronto, ahora, quizá lo mejor que pueda hacer por aquella niña (porque eso era) aterrada ante la idea de ser retratada en la más honda de sus intimidades con su diccionario en la cama (y su curiosidad por conocer) y su poster en la pared (y su curiosidad por sentir) era reconocer que no me daba miedo ser considerada estúpida, sino ser vista como lo que era: una niña.

Ser niña, había aprendido entonces, en 1999, era lo peor que podía pasarle a una.

Veinte años después, era 2019 y yo llevaba para entonces 15 años en una serie ininterrumpida de episodios depresivos voraces y prolongados. Me seguía preocupando mucho ser considerada una imbécil. Sabía, muy a lo hondo de mí, que no lo era, pero no tenía manera de probarlo. Mi cerebro, lo único en mí que consideraba redimible, estaba amarrado en una camisa de fuerza y no sabía bien por qué. Hacía un par de años que a mis hermanes les gustaba una boyband de lejos, muy lejos, tanto que ni siquiera cantaban en inglés, el idioma que gramaticalmente conocí traduciendo letras de los Backstreet Boys, el idioma que siendo adulta cobraba por traducir profesionalmente, sino en coreano, un idioma que desconocía. Como soy buena con los idiomas, incluso dentro de mi letargo pude identificar que la mayoría de los versos terminaba en da (다) o yo (요) y presumí, por la frecuencia de aquello, que esos debían ser verbos. “Ah, mirá”, me dije, “qué curioso. Verbo al final”. Empecé a reconocer los patrones de las oraciones. Empecé, luego, a ver sus videos por mi propia volición, sin mis hermanes de por medio. Era agosto de 2019 cuando su programa de variedades me sacó una carcajada, la primera en quién sabe cuánto.

“Esta cosa no puede estarme gustando en serio”, le decía a todas las amigas que por privado me decían que les pasaba lo mismo. “Yo no puedo ser fan de esto”. ¿Por qué? Porque después de tanto, tantísimo esmero por ser percibida como una persona inteligente, lo había logrado; había enterrado desde mi adolescencia todo rastro de feminidad en mí, de todo lo que me volvía tonta y admitir esto, la risa, la curiosidad, el “아, 나는 아미얘요” a estas alturas de la vida era un retroceso. Ante mí, en la tele de la sala, estaba un programa en coreano (y mi curiosidad por conocer); en él, unos tipos decían cosas que me conmovían y volvían a mí mi propia curiosidad por sentir, la misma que tuve a mis 12 años, pero ahora con herramientas. Me tomó veinte años recuperar mi derecho al goce.

Entonces, como otrora, igual me tacharon de estúpida.

Editores, amistades, gente en quien confiaba se atrevía a decirme que no entendía por qué “de repente” (de repente, creían) me gustaban (de nuevo, en realidad) las cosas de niñas. “¡Pero si la Virginia es inteligente! ¡¿Qué hace viendo a esos chinos maricones?! ¡Todo tu Twitter es sobre los chinos!” fueron cosas que me dijeron una y otra y otra vez, pero ahora, a diferencia de cuando me rendí de inmediato ante mi acérrimo y preadolescente enemigo, yo tenía de mi lado la potencia de saberme, de recordar con rabia mi rabia adolescente, mi foto infame con toda mi felicidad contenida a cuadro, pero capturada para la mofa. Esa Virginia vivía en un estado de terror tremendo, en el epicentro de una violencia que apenas ahora puedo nombrar, y fue retratada en su refugio del goce para ser mofada a posteridad. Esa Virginia vive ahora en mi librera llena de discos de BTS, con afiches resguardados que habrá de enmarcar el día en que la burbuja inmoviliaria estalle y pueda tener dianquesea una champa a su nombre. Vive y no es estúpida; es, de hecho, políglota. Aprendió ya dos idiomas con el pop como detonante; domina dos alfabetos y, si todo sale bien, en agosto empieza a estudiar mandarín, su sexta lengua viva a estudiar. En lugar de cortarla a ella, de esconderla a ella, corté a quienes se mofaron de quien fui a mis 12 años y quien soy ahora. No tenía, a mis 32 años, paciencia ni voluntad alguna de explicarle el júbilo de volver a ser yo a gente que veía en aquello algo que solo podía merecer burla. Ahora, menos.

Es 2026 y hay un coreano en mi fondo de pantalla. Es el mismo que me hizo reír por primera vez en años un septiembre de 2019. Es quien me hizo notar que las oraciones del coreano llevan el verbo al final; que tanto da (다) como yo (요) son desinencias del presente; que, contrario a las romances, las lenguas del este asiático no tienen modos verbales, sino que las conjugaciones contienen secuencias de sufijos que incluyen uno que es modal. Hay en mi vida cosas que la Virginia de 1999 anhelaba, pero le aterraba admitir: tonos rosa en sus paredes, faldas en su clóset, amigas, goce, alegría. Veinte años le tomó darse permiso de ser. Es, hoy. Su coreano predilecto fue hace un par de días a ver a Metallica en concierto. La vida es muy chistosa.

En Chile, el populista en turno usó la vieja táctica de instrumentalizar la misoginia para cubrir sus propios desaciertos: ante el creciente descontento por una propuesta de llevar la jornada laboral de 40 a 52 horas semanales, desde un ministerio administrado por una mujer, “suspendió” los tres conciertos de BTS arguyendo pocas condiciones de resguardo para el pasto de su sede, el Estadio Nacional. La reacción fue la esperada: no importa porque esa es música de maricones. Todas sus fans son niñas mantenidas. El estadio es para el fútbol. Menos de un mes después de los conciertos de BTS hay uno de Iron Maiden programado en el mismo recinto, pero sobre ese no hay recelos. El problema son las niñas pendejas que gastan en cosas de niñas pendejas.

Este domingo 5 de julio hubo marchas en muchas ciudades de Chile exigiendo se respeten los derechos del consumidor de quienes tienen boleto para esas tres fechas. Una a una, mujeres inteligentes, adultas, con carreras, se plantaron frente a micrófonos y cámaras a decir que no son niñas, sino mujeres empleadas, con poder adquisitivo y sujetas de derecho y si bien todo eso es cierto, me entristece lo fácil que aceptan ellas, como lo acepté yo en su momento, que ser niña está mal, que lo que les gusta es menor, que ser ellas es algo a superar.

Esta creencia, sobradamente desmentida, tiene un motivo: Immanuel Kant (maldito hijueputa) le denominó infancia mental (minoría de edad, en algunas traducciones) a la incapacidad de pensar autónomamente, cualidad que presumía exclusivamente masculina. Las mujeres, bajo esta noción, son perpetuamente niñas, perpetuamente tontas, perpetuamente incapaces de pensar. Por burda que suene esta idea, fue la base de la discriminación por género en los sistemas jurídicos de los siglos XVIII y XIX y, aunque la mayoría de trogloditas que la defienda jamás haya leído idealismo alemán, esa idea sigue sirviendo como justificante para que incluso desde la igualdad jurídicamente nominal de las mujeres ahora siga afirmándose nuestra mayoría de edad, nuestra independencia de criterio y de razón, a costa de la vida, la razón y el goce de las niñas.

A mí no me costó veinte años volver a las alegrías de mi infancia, sino aceptar que la niña que fui tenía derecho a existir, que su goce vive en mí, en la adulta políglota que cobra por traducir y reconoce al populismo por lo que es y que, con su diccionario y su poster en la memoria, busca vivir su vida sin creer que lo peor que te puede pasar en el mundo es ser comparada con una niña porque no quiere volver a ser cómplice de su propia mutilación, de borrar su propia alegría para ser considerada pensante. Que viva ser niña. Que viva la alegría de las mujeres. 방탄소년단 화이팅!