Por momentos pareciera que la sociedad ha olvidado cómo mirar a las personas trans con humanidad.
Por. Grecia Villalobos
Cuando una mujer trans fallece, muchas veces la noticia deja de tratar sobre una vida y pasa a convertirse en un espectáculo lleno de morbo, comentarios crueles y titulares amarillistas. Se olvidan de que detrás de cada nombre existe una historia, una familia, amistades, sueños y heridas profundas que casi nunca se cuentan.
Por eso hoy quiero escribir sobre Michelle Jiménez. No desde el escándalo. No desde el juicio. No desde el prejuicio. Quiero escribir sobre la Michi que yo conocí durante más de quince años.
Michelle era una mujer trans de 31 años, originaria de Armenia, Sonsonate. Era coqueta, educada y conversadora. Le gustaban los tatuajes, el brillo, fumar cigarrillos y tomar café mientras hablaba de la vida durante horas. Tenía esa capacidad tan rara de hacer sentir bien a quienes la rodeaban. Incluso cuando ella estaba atravesando momentos difíciles, siempre terminaba regalando palabras bonitas, consejos o ánimos.
El pasado domingo 24 de mayo de 2026, Michelle decidió quitarse la vida. Su familia – su mamá, hermana y sobrinas, quienes la amaban profundamente – la encontró en su habitación. Y aunque es imposible entender completamente el dolor que alguien carga por dentro, sí creo importante hablar de algunas de las luchas que ella enfrentó durante años.
Michelle sufría graves complicaciones de salud a raíz del uso de biopolímeros en su cuerpo. Como muchas mujeres trans en América Latina, en algún momento tomó la decisión de inyectarse sustancias para modificar su apariencia física y armonizar su cuerpo con la identidad de género con la que se reconocía.
No fue una decisión tomada desde la superficialidad, como muchas personas creen. Fue una decisión atravesada por una sociedad que constantemente nos exige “vernos” de cierta manera para ser aceptadas, deseadas o simplemente respetadas.
Con el tiempo, ese procedimiento comenzó a deteriorar severamente su salud. Michelle ya había pasado por una cirugía para extraer parte del material, pero aún faltaban otras intervenciones. El dolor físico era constante. Una semana antes de partir, me contó que estaba tomando medicamentos fuertes para soportar las secuelas que el biopolímero había dejado en su cuerpo.
La última vez que la vi fue el 19 de mayo. Ese día estaba contenta porque se había realizado sus exámenes de VIH y sífilis y sus resultados habían salido NO reactivos. Conversamos sobre lo difícil que estaba la vida, pero también sobre la esperanza de que las cosas podrían mejorar. Mientras la escuchaba, noté en ella algo que nunca antes había visto tan claramente: agotamiento. No solamente físico, sino emocional. Era como si estuviera luchando por mantenerse fuerte sin permitir que nadie notara cuánto estaba cargando.
Y quizás eso me golpea tanto hoy. Porque quienes la conocimos sabemos cuánto resistió Michelle.
La conocí cuando ambas éramos apenas unas jóvenes soñando con transicionar y construir nuestras vidas en un país donde ser una mujer trans significa aprender a sobrevivir desde muy temprano. Recuerdo aquellas tardes en la Estación del Tren de Armenia, sentadas comiendo pastelitos de papa y pollo con café, hablando del amor, del rechazo familiar, del miedo y de los sueños que parecían imposibles.
Muchas veces me quedé en su casa. Su familia me recibía con cariño y su mamá nos gritaba por las noches: “¡duérmanse ya!”, mientras seguíamos platicando hasta tarde. Michelle transicionó antes que yo y siempre me decía que algún día yo también podría hacerlo. Y tenía razón. Fue una persona importante en mi vida, en mi proceso y en mi forma de entender que sí merecíamos existir siendo nosotras mismas.
Por eso duele tanto verla reducida en redes sociales a comentarios llenos de odio o burlas. Duele ver cómo todavía hay personas incapaces de sentir empatía hacia las vidas trans. Porque Michelle no era un meme, ni un debate, ni un titular. Era una mujer con una historia compleja, hermosa y humana.
No escribo esto para romantizar el dolor ni para buscar respuestas que quizás nunca llegarán. Lo escribo porque siento que le debía estas palabras a mi amiga. Porque quiero que, aunque sea por un momento, alguien pueda leer sobre ella desde el amor y no desde el prejuicio.
También escribo porque necesitamos cambiar las narrativas que históricamente nos han reducido al rechazo, al escándalo o al silencio. Las personas trans tenemos historias profundas, familias, afectos, sueños, luchas y redes de amor que casi nunca aparecen en los titulares, pero que existen y sostienen nuestras vidas todos los días.
Ojalá algún día las personas trans podamos vivir sin cargar el peso constante de demostrar que merecemos dignidad. Ojalá nadie tenga que destruir su cuerpo intentando alcanzar una aceptación que la sociedad debería brindar gratuitamente: la de reconocer nuestra humanidad.
Michelle merecía más tiempo, más cuidado y menos dolor.
Y quienes tuvimos la fortuna de conocerla, sabemos que su recuerdo siempre tendrá el olor a café recién hecho, conversaciones interminables y brillo en medio de la oscuridad.
“Michelle fue de esas personas que, aun cansadas de luchar, seguían encontrando fuerzas para hacer sentir mejor a los demás. Y eso también es una forma inmensa de amor.”
Grecia Villalobos es activista feminista y defensora de derechos humanos. Su labor se centra en la lucha contra la discriminación, el acompañamiento psicosocial y la promoción de oportunidades laborales e inclusión para la comunidad LGBTIQ+ en El Salvador.