Una opinión que no me pidieron: cancelar a otras mujeres no desmonta la violencia patriarcal

Audre Lorde escribió “Las herramientas del amo nunca desmontarán la casa del amo”. Pienso mucho en esa frase cuando observo cómo las redes sociales se convierten, cada vez más, en tribunales públicos para castigar a otras mujeres.

Por. Girasol Silvestre

Quiero aclarar algo desde el inicio: cuestionar prácticas punitivas no significa negar la violencia ni minimizar el daño que puede existir en las relaciones entre mujeres. Nombrar el dolor es legítimo y necesario. 

Lo preocupante es cuando el conflicto deja de buscar responsabilidad, reparación y se transforma en espectáculo digital: una narrativa rápida donde solo existen víctimas ideales y monstruas absolutas.

Muchas teóricas feministas han advertido que los algoritmos convierten las denuncias en consumo inmediato: clics, likes, compartidos y humillación pública. 

En ese escenario, la complejidad desaparece. Ya no importa preguntarse qué ocurrió, qué dinámicas relacionales existían, qué responsabilidades compartidas hubo o cómo podría repararse el daño. 

Lo único que parece importar es castigar y consolidar una narrativa moralmente incontestable.

Entiendo por qué muchas mujeres recurren a las redes. Históricamente, la justicia rara vez ha respondido a nuestras denuncias y muchas veces, la sanción social parece el único recurso disponible. Pero incluso desde ahí, vale la pena preguntarnos qué tipo de prácticas políticas y afectivas estamos construyendo entre mujeres si hablamos de feminismos que acuerpan, transforman y sanan.

Dentro del feminismo existen debates profundos sobre esto. Las posturas antipunitivistas preguntan: ¿qué ganamos reproduciendo lógicas de castigo entre nosotras?, ¿Qué ocurre después con las personas señaladas? 

Porque si todo termina en linchamiento moral, aislamiento o destrucción pública, difícilmente estamos construyendo otra forma de justicia; más bien corremos el riesgo de reproducir la violencia punitiva del patriarcado con un lenguaje distinto.

Bell hooks escribió que el patriarcado no es solamente un sistema sostenido por hombres, sino una lógica que todas las personas podemos reproducir. Una de sus expresiones más dolorosas es la misoginia entre mujeres: la vigilancia constante, el castigo, la humillación y la necesidad de disciplinar a otras cuando no responden a nuestras expectativas morales o afectivas.

Lo digo también desde mi experiencia como mujer bisexual que ha tenido relaciones con hombres y con mujeres. El miedo más profundo que he sentido ha sido frente a la violencia masculina, atravesada históricamente por relaciones de poder, control y amenaza real sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas

Eso no significa idealizar ni romantizar los vínculos entre mujeres ni negar que también puedan existir dinámicas de daño, manipulación o violencia. Pero sí reconozco que entre mujeres muchas veces experimento relaciones más horizontales, de tú a tú, y precisamente por eso me duele observar la crueldad con la que podemos atacarnos entre nosotras. 

Exponer, humillar, ridiculizar y destruir vínculos sin espacio para la conversación o la posibilidad de transformación, nos conduce a las mismas lógicas patriarcales que socavan las dinámicas colectivas y los espacios feministas que queremos construir. 

Cuando se fija una única narrativa del daño, también se limita la posibilidad de reconocer responsabilidades propias dentro del conflicto. No se puede hablar únicamente del daño recibido mientras se silencian las acciones que también lastimaron. 

Reconocer un conflicto exige honestidad para mirar incluso aquello que incomoda: engaños, humillaciones públicas o violencias ejercidas que después se minimizan o convenientemente se olvidan.

El problema de las cancelaciones es que fijan identidades morales rígidas: víctima ideal y agresora absoluta. No dejan espacio para contradicción, contexto, reparación ni cambio. Y una ética feminista debería poder sostener algo más complejo que eso.

Rita Segato ha insistido en que las violencias no se desmontan reproduciendo la lógica de la crueldad. La “pedagogía de la crueldad”, como ella la llama, nos acostumbra a deshumanizar a otras personas y convertir el dolor ajeno en espectáculo.

Publicar acusaciones en redes no es inofensivo. Las palabras producen consecuencias reales: daño reputacional, aislamiento social, hostigamiento, pérdidas laborales y estigmatización. Por eso, la responsabilidad sobre la palabra también importa. Narrar una experiencia no debería convertirse automáticamente en una condena pública sin posibilidad de respuesta, contexto o reparación.

Las mujeres no somos identidades fijas. Estamos atravesadas por heridas y  contradicciones. Reducir a alguien a una sola acción o convertir un conflicto en una identidad permanente resulta profundamente peligroso. Nadie es únicamente el peor momento de su vida ni únicamente el daño que sufrió.

Me cansa ver cómo las redes se utilizan para destruir a otras mujeres mientras el feminismo pierde capacidad para construir procesos éticos, críticos y transformadores. Porque cancelar no necesariamente repara. Y reproducir crueldad entre nosotras tampoco desmonta la violencia que decimos combatir.