Alias “Fran”, por Beatriz Flores, hermana de Fran

Por: Beatriz Henríquez Flores, hermana de Fran

Entre las casas de la colonia le llamábamos: 

– ¡Fran! 

Fran es mi hermano menor. De entre malezas y patios volvía corriendo el niño risueño, su paraíso de veredas y atardeceres esperaría para el día siguiente en una infancia vibrante y lúdica. Cuando aún era adolescente volvió a casa contando la aventura de construir un barrilete más alto que él mismo, al lado de su mejor amigo, quien años después tuvo que partir dejando atrás la frontera de un país sin alma y sin paraíso. Fran se quedó, entre herramientas, hierro y guitarra, se construyó una vida sencilla en la que sonreía cada tarde metido entre golpes de metales sobre el yunque que nuestro padre guardó durante treinta años. El hierro formó su cuerpo, pero también forjó el laberinto interno donde habita su alma. 

La calle tenía un sabor amargo. El mundo se abrió como flor incandescente, sin embargo sus olores pasaron rápidamente mientras Fran se cobijó en casa buscando un perfume más sutil y pleno. Afuera creció el lodazal, arrastrando ojos que soñaban y bocas que sonreían. Fran acariciaba gatos en casa mientras hacía malabares con los pocos caminos que quedaban: escribir canciones, hacer artefactos de metal, entrar a la universidad católica, ver los años desde la rutina. La simpleza fue un espacio seguro, lo ordinario vuelto extraordinario en un país de huidas y balaceras. 

Fran habitaba la simpleza el día que lo capturaron, su sudor cotidiano le recorría el cuerpo mientras trabajaba al lado de nuestro padre en su quehacer ordinario. Esa actividad tan simple era en realidad la milagrosa victoria de un joven hecho hombre a fuerza de trabajo, escapando a la constante de muerte, cada día repetir el milagro silencioso del trabajo y la vida. Lo capturaron porque sí, porque dijeron que era pandillero y porque así decía el régimen de excepción. En el acta de captura lo califican como alias “Fran”. Fran, el nombre cariñoso de las entrañas del hogar. 

Desde ese día camino, busco, lloro y batallo. Hace ocho meses no sé de su rostro, su voz, sus manos. Divulgo el caso en periódicos y medios, porque Fran puede ser un soñador truncado, pero jamás un pandillero. Debajo de la narrativa de contundencia se encuentra algo más simple y humano: extraño a mi hermano, extraño su risa siempre viva y su ternura. Esas cosas mínimas de las que la vida se compone. Las cosas que sus manos han reparado, las cosas que sus manos crearon desde cero, las tardes en silencio simplemente viendo videos divertidos en su celular, los cuidados amorosos a mi madre que se quebró el fémur, a mi padre que perdió la visión del ojo derecho. Escuchar canciones de Disney con una cerveza ¿Qué clase de terrorista hace eso? 

Algo me estremece desde hace unos meses: la gente ha comenzado a hablar de él en pasado. El tiempo pasa y aumenta el letargo colectivo mientras me incendio esperando el juicio justo que lo libere. El 19 de agosto de 2023 dejó de ser un día y se convirtió en un lugar, una isla etérea donde Fran y yo conversamos y le digo “Sé bueno” y sus ojos tristes sonríen: “Cuida a Paco, cuida a mi mami”. 

Y seguiré hasta que Fran regrese al presente a habitar la simpleza.

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Beatriz Henríquez Flores es hermana de Fran, fundadora del Colectivo Caracol en Ilobasco, psicóloga y gestora cultural.