Cartas que Nadie Me Pidió (III)

 Este 14 de febrero las flores prometen más de lo que cumplen y los silencios gritan verdades incómodas. Cinco relatos desde el lado que el amor heterosexual prefiere no mirar. Léase bajo su propio riesgo.

Por: La Cortesana (pseudónimo)

Querida y gentil lectora:

Permítanme ilustrar un fenómeno que se repite con alarmante frecuencia en nuestra estimada sociedad: hay “caballeros” que se benefician del placer sin asumir la responsabilidad que lo acompaña. Se quedan mientras la cama es cómoda y la pasión no exige nada más que presencia física. Pero, en cuanto el goce reclama algo más que su cuerpo… desaparecen. 

No, queridos, esto no es sexo casual, ni libertad sexual, ni un capricho del deseo sin ataduras. Esto es extractivismo sexual. Él toma placer, atención, validación, cuidado. Ella recibe ambigüedad, silencio, desorden afectivo. No se trata de elección individual: es una sexualidad diseñada para el confort masculino. Si lo miramos desde una perspectiva cercana a Angela Davis, el análisis no se quedaría solo en la contradicción entre discurso sex-positive y prácticas masculinas irresponsables, sino que ampliará la pregunta: ¿Quién puede ejercer “libertad sexual” sin consecuencias y quién carga con los costos?

Pero muchos hombres cis lo usan como coartada política: llaman libertad a su derecho a desaparecer, inmadurez a no nombrar lo que sienten, autonomía a dejar daños sin reparación. Mientras tanto, a las mujeres se nos exige ser abiertas, disponibles, modernas… y nunca demandantes. Coger sin pedir, sentir sin reclamar, amar sin incomodar.

Querido lector, eso no es libertad sexual: es adaptación forzada. Una sexualidad verdaderamente feminista no elimina el cuidado: lo politiza. No cancela el placer: lo vuelve ético. No confunda deseo con impunidad.

Gozar sin responsabilidad no es radical. Radical es hacerse cargo del impacto del deseo. Radical es entender que el placer también crea vínculos, aunque no sean monógamos, aunque no sean eternos.

 No queremos menos sexo: queremos sexo sin jerarquías, sin uso, sin despojo. Queremos una sexualidad donde el placer nunca separe cuerpos de los sentires. Y si eso no existe, caballeros que deseen gozar de los caprichos de nuestros cuerpos, harían bien en pagar por ello. Mejor cobren ladies. No cuidarán su bienestar emocional, pero al menos no perderemos dinero. Con todo mi afecto, la cortesana

Nómbralo no es conservadurismo: es revolución íntima.