Que Debbie Gómez esté al frente de la Selección Femenina Sub-17 de El Salvador no es solo una decisión técnica acertada. Es una decisión necesaria. Y sí, también es política. Porque cuando hablamos de niñas y adolescentes, el fútbol no es únicamente resultados: es formación, referentes y derechos.
Por Girasol Silvestre (pseudónimo)
La Sub-17 inició esta semana uno de los retos más importantes de su proceso rumbo al Mundial de Marruecos 2026. El debut fue contundente: victoria 6-0 ante Barbados y liderazgo inmediato del grupo F, en un formato donde solo el primer lugar avanza al Premundial. El resultado ilusiona.
Esto no es casualidad. Gómez retomó la selección en un contexto complicado, tras un proceso marcado por la crisis institucional y el desgaste que dejó la salida de Eric Acuña. Aun con poco tiempo y recursos limitados, el equipo ha respondido con estabilidad, confianza y resultados. Por eso sorprende y preocupa que todavía existan voces que, desde la nostalgia o la negación, pidan “volver al pasado”.
Recordar por qué ese pasado no es un lugar seguro para las adolescentes y mujeres. Durante el Premundial Sub-17 de Concacaf en Trinidad y Tobago, Eric Acuña fue separado de manera temporal tras denuncias de violencia física y verbal contra la jugadora Makenna Zukeran. La FESFUT impuso una sanción de tres meses y una multa económica. Fue una sanción disciplinaria, no penal. Legal, sí. Pero insuficiente.
Cuando hay sanción, hay una falta reconocida. Que no sea delito penal no borra el daño ni sus consecuencias. El problema de fondo no fue sólo la duración del castigo, sino el enfoque: se trató como un “problema individual de conducta” y no como parte de una violencia estructural que atraviesa al deporte, especialmente al fútbol femenino juvenil.
En estas categorías, la relación de poder es absoluta. Un entrenador adulto decide quién juega, quién progresa y quién queda fuera. Ese poder impacta directamente en el presente y el futuro de niñas, adolescentes y mujeres . En ese contexto, el llamado “trato fuerte” no es neutral. La disciplina puede transformarse fácilmente en violencia normalizada.
Por eso el silencio de las jugadoras nunca puede leerse como consentimiento. Muchas veces es miedo, subordinación o una forma de sobrevivir en un sistema que históricamente protege más a las instituciones que a quienes se atreven a denunciar.
Humillaciones, intimidaciones, autoritarismo extremo, castigos colectivos y climas de miedo son violencias psicológicas y simbólicas que el deporte suele minimizar. Cuando una persona sancionada regresa al mismo espacio de poder, el mensaje es claro y peligroso: denunciar no cambia demasiado.
En este escenario, Debbie Gómez no es una improvisación ni una concesión. Es una entrenadora preparada, con credibilidad y trayectoria. Fue la primera mujer en El Salvador en obtener la licencia Clase A, ha dirigido con éxito en el fútbol femenino nacional y entiende los procesos formativos que requieren estas edades. Pero, además, su presencia envía un mensaje poderoso: las mujeres también lideran, forman y construyen proyectos.
El fútbol femenino salvadoreño no necesita más rupturas ni decisiones emocionales. Necesita continuidad, confianza y proyectos a largo plazo que pongan en el centro el bienestar y los derechos de las mujeres. Debbie Gómez representa justamente eso. Y hoy, más que nunca, ese mensaje importa tanto como los goles.