Margarita Posada se quedó en los corazones de la gente

A Margarita Posada se le conoce por su activismo social y político, por su incansable lucha por el derecho a la salud, por su trabajo territorial y en las organizaciones sociales. Pero más allá de ser defensora, Margarita fue una mujer empática, de gran corazón, confidente, hermana, madre, compañera, dispuesta a escuchar y a ayudar. Una mujer sentipensante, crítica pero también a quien le sobraba alegría. Y en su lado más oculto, dueña del arte, la pluma y el dibujo. 

El baile, las risas, la música y el buen jamón no podían faltar en cada celebración navideña o fiestas de cumpleaños organizadas por Margarita. El ambiente familiar, de comunidad y alegría la caracterizaban fuera de los escenarios políticos. 

En este texto, La Brújula retrata el recuerdo de Margarita a través de las memorias de sus familiares y compañeras. A cinco años de su partida, su esencia y su amor viven en los corazones de quienes la conocieron.

Por Redacción 

Fotografías: cortesía René Posada y tomadas de la cuenta de Facebook del Foro Nacional de Salud

A Margarita Posada se le conoció como “Tuti”. Ese fue su sello familiar, un apodo que la acompañó desde la infancia. Su hermana mayor comenzó a llamarla así, y el sobrenombre quedó para siempre.

“Nació en 1962 a las 3:45 de la tarde en la Policlínica Salvadoreña. Ahí nació ella. Previo a su nacimiento recién habíamos regresado de un exilio en Guatemala con mi esposo. [...] Desde el kínder, ella luchó contra las injusticias. Siempre que tenía la convicción de que algo no era correcto, luchaba y luchaba hasta que se tomaran medidas. Desde pequeña comprendía las injusticias y llevó ese pensamiento sobre sus hombros. Luchó por los pobres”, expresa María Mercedes Machuca, madre de Margarita.

Margarita Posada (derecha) desde niña luchó por las injusticias.

Sus anécdotas recuerdan a la niña que en el kínder ya notaba las desigualdades entre sus compañeras y compañeros, y a la adolescente que organizó a sus compañeras para destituir a un profesor que acosaba a sus estudiantes. “Por su misma inquietud de pensamiento fue expulsada de los colegios. Estaba como en octavo grado cuando organizó a estudiantes e hicieron pancartas para exigir la expulsión del profesor”, cuenta Mercedes.

Margarita nació el 9 de septiembre, es la segunda hija de Luis Alonso Posada y María Mercedes Machuca. Tuvo dos hijos, pero su familia fue mucho más amplia: cada persona que la conoció y cada comunidad con la que compartió se convirtió en parte de ella.

Sus familiares recuerdan sus bailes, sus cantos y el espíritu alegre que mantuvo hasta los últimos días de su vida. Desde niña fue protectora, defensora de las injusticias y consejera de sus hermanos. Era solidaria, empática, valiente, inquieta y rebelde, pero siempre con sentido crítico.

“Mi hermana era un ser de luz. Ella no podía ver a una persona con necesidad o con algún problema porque inmediatamente le tocaba el corazón. Siempre va a estar grabada tanto en nuestros corazones como en los de todas las comunidades”, dice Guillermo Posada, hermano de Margarita.

Margarita fue un símbolo de unidad y alegría para quienes la conocieron.

Compartía ideales con su padre, exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia y político afín a la izquierda. En las aulas cuestionaba a sus maestros y desarrolló un pensamiento crítico influenciado por la militancia de su papá. A temprana edad, su vida parecía ya trazada.

Su infancia estuvo marcada por los sonidos de balas, ametralladoras y bombas. Provenía de una familia acomodada, pero también revolucionaria, que debió exiliarse durante la dictadura militar. Pero en los años ochenta, Margarita se incorporó a las Fuerzas Populares de Liberación y a las estructuras organizadas por el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, dentro del Bloque Popular de Solidaridad.

Siempre soñó con heredar un país mejor para sus hijos: un país con salud, educación y vivienda digna. Esa motivación la sostuvo en pie de lucha a pesar de las adversidades.

“Mi mamá me decía: el día en que dejemos de luchar, ese día yo, como mamá, te estaría prohibiendo tener un mejor futuro”, recuerda René Posada, hijo de Margarita.

La lucha social atravesó toda su vida familiar. Pero Margarita fue más que una luchadora: fue una madre que escuchaba, apoyaba y se dejaba acompañar. También rescataba animales heridos o abandonados; los cuidaba y luego los entregaba en adopción.

Nunca le faltó el humor. Esa era su carta de presentación. Tenía facilidad para hacer reír y su familia la recuerda casi como una comediante. Disfrutaba de la imitación, el teatro y la escritura. Poseía una caligrafía admirable y dibujaba, aunque lo hacía solo en algunos cuadernos. También tocaba la guitarra y, sobre todo, bailaba, talento heredado de su madre.

Era un símbolo de unidad. Organizó cumpleaños familiares, celebraciones comunitarias y fiestas navideñas en su colonia. En cada espacio generaba comunidad. En las visitas a las comunidades, compartía con la gente el atol de elote o la comida que le ofrecían para sentirse parte de ellas.

Una mujer que abrazaba con su lucha

“Siempre nos hacía reír. Transmitía esa energía de lucha, esa necesidad de organizarnos. Decía: no podemos dejar de organizarnos porque es la única herramienta que tenemos. Si acaban con la organización, nos acaban”, recuerda Gloria Cruz, defensora de los derechos de las mujeres, ambientales y del agua, y compañera de Margarita.

Acogió el lema “Ni un paso atrás”. Una frase que fue símbolo de lucha. Su liderazgo se caracterizó por el amor, la confianza y la amistad. Para muchas personas fue madre, hermana y confidente. Su sensibilidad frente a las desigualdades fortaleció su carisma político.

En 1988 comenzó a trabajar en organizaciones no gubernamentales. En 1991 se incorporó a la Asociación de Promotores Comunales Salvadoreños, que se convirtió en su casa. Desde ahí impulsó la Red de Acción para la Salud en El Salvador. También integró la Alianza Social por la Gobernabilidad y la Justicia, la Coordinadora de Movimientos Populares y la Red por el Derecho a la Comunicación.

Con su liderazgo articuló espacios y sujetos políticos. Organizó estructuras de trabajo cercanas a las comunidades para vigilar, exigir y denunciar violaciones al derecho a la salud. Su voz también se escuchó a nivel internacional, donde participó en articulaciones que permitieron enfrentar las crisis del país.

Su sueño era transformar mínimamente la realidad: servicios de salud de calidad, medicamentos, atención especializada para mujeres, agua de calidad, una ley general de agua, el fin de la minería y la defensa de la memoria histórica. Margarita defendía la vida y su motor era lograr que la población tuviera una existencia digna.

“Margarita expresaba: para tener salud tenés que tener un trabajo digno. Para tener salud tenés que tener agua en tu casa. Para tener salud tenés que tener medicina. Y es que no veo la salud solo con la maleta de medicina, sino de manera integral”, recuerda Cruz. Su activismo era la lucha por todos los derechos.

Las luchas de Margarita se mezclaban entre la valentía de una mujer que desafiaba las políticas neoliberales que afectan a la población salvadoreña. Ella luchó en la defensa de la salud, de los territorios y del agua, sumado a otras demandas de la población.   

“Fue una mujer destacada, una lideresa latinoamericana y caribeña en la lucha por la salud, por la vida y por garantizar que la gente viviera en mejores condiciones e igualdad. Luchó por las necesidades de su pueblo, pero sobre todo por mantener su dignidad”, expresa Morena Murillo, del Foro de la Salud.

Su mayor bandera fue el derecho a la salud. Junto al pueblo, evitó la privatización del sistema, impulsó la aprobación de la Ley de Medicamentos y fundó la Alianza contra la Privatización del Agua y el Foro Nacional de Salud.

 “Antes de lanzar la propuesta de la ley de medicamentos, ella tuvo una orden de captura. A ella la secuestraron. También contaba que cuando la tanqueta le echó agua (durante las marchas blancas de inicios del 2000), ella se paró enfrente y no se movió y como de película la tanqueta paró y se arruinó”, recuerda Cruz.

En ese afán de dejar un mundo mejor, Margarita sufrió la represión de un sistema que intentó silenciarla. Durante las marchas blancas fue secuestrada y en otras ocasiones sufrió violaciones a sus derechos. La más dolorosa fue la negación del derecho a la salud, por el cual luchó toda su vida. Falleció el 13 de julio de 2020 sin poder acceder a él.

Hoy, en el corazón de quienes lloran su partida, habitan también el amor y la valentía que sembró.

Margarita sigue viva en quienes la recuerdan, en las historias que se cuentan, en las luchas que continúan y en las fiestas donde aún resuenan las risas que dejó.