Por Edith Elizondo -Lo que pasó en el estadio Cuscatlán es el reflejo de todo lo que somos-

Por Edith Elizondo

Reducir lo que pasó y culpabilizar a las personas que asistimos y disfrutamos del fútbol, no creo que sea la forma de abordar el problema. Vivimos en una sociedad altamente violenta. No hay lugar en El Salvador donde se perpetúe más la violencia machista que en los estadios. Pero su abordaje debe ser de una forma más estructural y sistémica, existe un grado de  responsabilidad de las barras, pero «Todo este maldito sistema está mal», todos y todas formamos parte de él. 

Como aficionada, el sábado 20 de mayo, decidí apoyar al equipo que tantas alegrías y lágrimas me ha sacado por años (Alianza), pero lo vivido ese día me tiene sin palabras.

Todo parecía normal: el ambiente de carnaval característico de estas dos grandes barras, las personas intensamente alegres disfrutando, familias completas con sus hijos e hijas, personas adultas mayores con sus bastones, hombre y mujeres. Recuerdo haberle dicho a mi amiga ‘Cuando sea viejita quiero venir apoyar a mi aliancita así como ese señor’. Todo parecía transcurrir con  normalidad aunque fue notable la poca presencia policial para la característica de un evento de cuartos de final de dos equipos con aficiones grandes.

En la localidad de sombra norte sólo había dos personas recibiendo los ticket y cinco agentes de la policía que no nos revisaron al entrar, tampoco nos escanearon códigos QR porque era un caos ya en esa localidad.  Recién iniciaba el partido y se comenzó a ver movimiento por parte de agentes de la Unidad de Mantenimiento del Orden (UMO), forcejeando en la entrada de la cancha, las personas que estábamos adentro no sabíamos qué estaba pasando. Creo que nadie sabía en realidad lo que estaba pasando afuera del estadio.

Cuando en los túneles de acceso a los graderíos de sol general los aficionados comenzaron a subir el alambrado y a correr para pedir ayuda a los jugadores y pidieron a los medios salir de la cancha, entendí que lo que había pasado era algo muy grave.

Comenzamos a ver personas acostadas en la grama, personas corriendo con niños en brazos. Suspendieron el partido y nos comenzaron a sacar del estadio.  Primero salió la barra del FAS y después, sin protocolo, sin idea de cómo actuar en esa situación, comenzó a salir la afición del Alianza, lo cual fue más caótico porque debido a la evacuación, las ambulancias se vieron imposibilitadas a entrar, los socorristas hacían malabares para pasar entre las personas, pues muchas se quedaron en la cancha, tomándose fotos y habían niños jugando. No lo soporté más y muchas personas  comenzamos a gritar que se salieran de la cancha. Poco a poco creo que las personas comenzaron a entender la gravedad de lo que estaba sucediendo.

Cuando salimos del estadio, No puedo ni siquiera describir la sensación en mi cuerpo, miedo, tristeza, enojos e impotencia y esas ganas de llorar que no podés parar. Las personas iban en silencio, solo escuchabas ambulancias y a la  gente llorar. 

Resumo todo lo que pasó esa noche como la suma de todo: personas altamente alcoholizadas, poco personal por parte del ente organizador, faltan protocolos de emergencia y de atención a desastres por parte de la directiva de Alianza, falta de monitoreo por parte de Dirección General de Espectáculos Públicos porque esas personas que asistimos a estos espectáculos somos ciudadanos y ciudadanas, niños y niñas, adolescentes sujetos de protección,  según Ley Crecer Juntos.

¿Dónde estaban para salvaguardar la vida de la población salvadoreña, Protección Civil, Ministerio de Salud, CONAPINA? ¿A quién le corresponde la regulación de bebidas alcohólicas en la vía pública, fuera del estadio? Durante años se ha propuesto y sugerido una ley de seguridad en eventos deportivos.

Todo lo antes mencionado, sumado el conflicto entre la FIFA y GOES, cuestión política, pues hace ratos que el INDES quiere controlar el fútbol salvadoreño, pero la FIFA no lo ha permitido y además, utilizando los comentarios de tres médicas que haciendo uso de su derecho a expresarse son despedidas como cortina de humo para cubrir la ineficiencia de este Gobierno, donde la tragedia no es nada más que un juego mediático.

Que lo que pasó el domingo no quede en silencio, que lo que pasó el domingo en el Cuscatlán no se olvide como Chalchuapa.

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