Este 14 de febrero las flores prometen más de lo que cumplen y los silencios gritan verdades incómodas. Cinco relatos desde el lado que el amor heterosexual prefiere no mirar. Léase bajo su propio riesgo.
Por: La Cortesana (pseudónimo)
Querida y gentil lectora
Parece que algunos “caballeros” de nuestra estimada sociedad aún confunden deseo con derecho. Observan con descaro, piden fotos con poca ropa o ninguna, guardan imágenes, suspiran…se masturban se corren, pero jamás se atreven a elegir en público ni a asumir en la intimidad. No, no es torpeza lo que los condena: es el desprecio cuidadosamente cultivado por una educación que les enseñó que ciertos cuerpos merecen respeto y otros solo servil sumisión.
Sí, hablo de los cuerpos gordos y no blancos: los que admiran en secreto, que desean en silencio, pero que ignoran cuando la mirada del mundo es real. Quiere el cuerpo fragmentado, deshumanizado, reducido a imagen, juguetes que no sienten ni responden, mientras el resto de nosotros somos relegadas al margen de su afecto. Desean sin reconocer, gozan sin responsabilizarse. Eso, querida lectoras, no es amor, ni preferencia: es racismo, es gordofobia, es patriarcado disfrazado de deseo.
Y que nadie se confunda: no fallan en la cama por torpeza, sino porque han sido enseñados a desear desde el desprecio. Porque nuestra sociedad dicta cuáles cuerpos merecen respeto… y cuáles solo pueden ser usados a escondidas. Pero aquí va una verdad que todo hombre debería recordar: el deseo que humilla no es deseo; el poder que oprime no es poder; y los cuerpos que merecen respeto exigirán ser escuchados y nunca más silenciados o menos preciados.
Así que, queridos lectores, cuando crean que sus secretos permanecen invisibles, recuerden: yo nunca olvido. Y Ladies, si desean enviar fotos mejor cobren. Con todo mi afecto, la cortesana.
Nombrar la injusticia no es escándalo: es supervivencia.