Este 14 de febrero las flores prometen más de lo que cumplen y los silencios gritan verdades incómodas. Cinco relatos desde el lado que el amor heterosexual prefiere no mirar. Léase bajo su propio riesgo.
Parece que algunos “caballeros” aún confunden “hacer su esfuerzo” con generosidad. Sí, esos que jamás te invitan a un dulce, aunque su salario sea más alto que el de su compañera. No teman: no es que carezcan de dinero, sino que saben perfectamente dónde colocarlo. Su bienestar, su descanso y su futuro están cuidadosamente asegurados… mientras que la relación, mis queridos, queda financiada por una mujer.
Ella pone tiempo que no se paga, escucha que no cotiza, empatía que no figura en ningún recibo. Y no se engañen: esto no es un malentendido romántico, es economía política en versión íntima. Como nos recuerda Silvia Federici: el trabajo doméstico y de cuidados -ese que nadie contabiliza- sostiene el capitalismo. Sí, mientras ellos acumulan capital, descanso y proyección, nosotras subsidiamos relaciones deficitarias con trabajo afectivo gratuito. Trabajo invisible, imprescindible, explotado… y, sin embargo, siempre nos culpan si algo falla.
Cuando él dice con cara angelical: “no me alcanza”, lo que en realidad está diciendo es que lo pagués vos con tu salario menor. Con tu tiempo. Con tu paciencia. Con tu cuerpo. Que quede claro: no es torpeza, es patriarcado aplicado en casa. La precariedad no es neutral. Tiene género. Siempre se resuelve hacia abajo, y casi siempre sobre el cuerpo de una mujer.
Querido lector, esto no es una historia de citas fallidas: es la reproducción cotidiana del patriarcado disfrazada de elegancia. Ellos protegen su capital; nosotras ponemos el cuerpo, la mente y el tiempo para que nada se desarme. Y si estos caballeros insisten en ser cuidados y maternados, será mejor que les cobren por el privilegio ladies. Con todo mi afecto, la cortesana.
Nombrarlo no es rencor: es análisis sistémico.