Marca país

Una de las ventajas de envejecer es que una va tomando cierta distancia emocional respecto de este muladar que damos por llamar país. Atrás han quedado el juvenil romanticismo del puño alzado por el pueblo unido y el cursilón cuento de la resistencia a cuanta barbarie se nos atraviesa; ahora hay, si acaso, un rumiar cansado, infinitamente triste, sobre esta gente y sus miserias. Esa tristeza, aunque está, es menos intensa que el entusiasmo necio que me llevó alguna vez a reclutar votos, a predicar El Evangelio y otras por demás inútiles formas de regalar mi mano de obra. Es, por ello, más serena que el desencanto, que la esperanza hecha tirajos. Suele serlo, al menos.

Por: Virginia Lemus

Hay excepciones a esa resignación. A veces pasan cosas que hacen que un dolor ardiente me suba por el alma cuando pienso en este pedazo de tierra y lo que en él ocurre. Me confronto de nuevo, de a pijazo, con lo cruel, lo inhumano que es este país con su gente, sus tepezcuintles, sus maricones, su niñez, con todo lo que ose vivir aquí. No es rabia lo que siento, sino una tristeza que descubro tan intensa que me causa hasta vergüenza descubrirme así de afectada por una cosa cierta y sencilla: este país es un sitio muy cruel. La intensidad de mi tristeza me hace sentir pudor de mí.

Esa vergüenza, esa tristeza es un sentimiento muy ingenuo de tener. Yo sé adónde vivo. Sé la manera en que vivir aquí, crecer aquí nos destroza la humanidad. He estudiado —prácticamente, desde que sé leer— nuestras múltiples formas de matar y torturar. Llevo la mitad de mi vida trabajando para frenarlo de algún modo, sin éxito alguno. Conozco nuestra crueldad, nuestra vileza a nivel enciclopédico: la he visto rapar a mujeres trans con machetes; la he visto degollar bebés de brazos en nombre de una supuesta la lucha contra el comunismo. La analizo y la deshueso creyendo que al hacerlo lograré entenderla. Eso no llega nunca: la crueldad sigue siendo, se perfecciona. Hace décadas, casi las mismas que llevo yo viva, vivía en los perplejos ojos de niños que caminaban hacia la milpa evadiendo cadáveres destrozados. El espanto sembró la crueldad en ellos y, como la chicha, se enterró durante un tiempo para explotar, fermentada, recrudecida, por sobre el país entero: se llevó a mi tía, a mi barrio y al de mi mamá; casi me viola a mis 15 años; casi le pasa, también, a mi hermana.

Ya no hay bosque en San Salvador. Ya no hay frío en octubre.

Todo pasa, todo se extingue en esta tierra, menos la crueldad.

No recuerdo la última vez que este país me hizo llorar. Quizá mi humanidad ha ido quedando, también, rota en chirajos sobre los reportes nuevos de la gente que, moribunda, cuenta lo que vio antes de ser enviada a morir a su casa tras pasar años en prisión sin delito comprobado. «Semos malos», dice la gente, a veces, cuando escucha algún relato sobre un evento cruento. Lo dice como quien ve llover, sin reparar en la gravedad de asumir como cierta, como ineludible esa maldad tan íntima, óntica, que nos adjudica nomás por haber nacido aquí: ya no es, entonces, que seamos malos: es que la maldad es nuestro ser entero. No podemos ser otra cosa más que esa maldad nacional, nuestra marca país.

Todas estas, por fuertes que suenen, son cosas que sé, que llevo sabiendo desde que sé leer. No deberían sorprenderme y lo hacen, a veces, porque o soy ingenua o bruta; no hay otro modo de vivir este tanatazo diaños sin aceptar como cierta la magnitud de nuestra maldad. La dejo ser, quizá, mientras haya jocotes de corona y mandarinas; mientras haya un sucedáneo de viento que se parece, aunque sea poco, al resplandor de despertar con frío y sin nubes, un cielo azulísimo encima nuestro. El volcán brilla en verdor ahora que ya no llueve y sé que hay maldad, que somos maldad, pero lo olvido ante la belleza que aún nos queda. Nuestra crueldad se vuelve, entonces, algo íntimo: está y lo sé, pero no la veo, no la reconozco hasta que me aparece en portugués, rodeada de sangre, en Instagram.

Ha habido, hace unos días, una masacre terrible en dos favelas de Río de Janeiro. Al menos 132 muertos, exterminados en sus propias comunidades por fuerzas estatales. Casi todos, hombres negros. Horas después, un diputado federal publicará una foto del CECOT y dirá: «si algún día llegamos allá, mi idea es esa. Está avisado»:

Más de un centenar de cuerpos ejecutados en la calle y no es eso, sino nosotres, la aspiración: no el literal desmembramiento de seres humanos, no ríos de sangre corriendo por las calles, sino la reducción de la vida a masa sometida. ¿Qué tan cruento es lo que exportamos, lo que mostramos ser, que supera a la masacre?

Instagram me muestra a un sacerdote desolado que camina entre los muertos diciendo que no sabe qué hacer ante tanta desazón. Hace años, una jefa me dijo que aprender portugués no me serviría de nada. «Parabéns à polícia do Rio de Janeiro. Se, como eu, você deseja a ‘bukelização’ do país, apoie a polícia nessas operações”, reza una publicación de Eduardo Bolsonaro, hijo del privado de libertad Jair Bolsonaro, expresidente de Brasil. «Si, como yo, usted desea la ‘bukelización del país, apoye a la policía en esas operaciones», dice el señor tras felicitar a la policía de Río de Janeiro. Quizá mi exjefa tenía razón y no debía yo entender los rezos, los gritos, el paroxismo de la crueldad exportada: tan, tan inhumana que se la anhela incluso después de la masacre, que la supera, que es anhelada. Nuestra, identitaria, reconocida como algo que nos identifica a todos, no a él, al exportador, sino a mí, a vos, a los tepezciuntles, a todo lo que acá vive con una sed de sangre y de crueldad que no podemos contener y vendemos hacia afuera como lo que somos, lo que semos: malos.

No recuerdo la última vez que este país me hizo llorar.

Eu não me lembro da última vez que este país me fez chorar.

Nos vi asuntos al trono de la deshumanización y no lloré. Nos vi referentes de una barbarie sin nombre y no lloré, pero me sorprendí y oh, mirá, aún hay tristeza en mí, dolor por eso que dicen que somos, lo que vendemos como marca país. Un periodista brasileño graba un video corto explicando o qué coisa é a ‘bukelização’. Viste, para ello, una de esas camisas horrendas en sentido y estilo que lo muestran a él, al mercadólogo, impreso en políester asfixiante. Le explica a sus compatriotas, en su lengua, por qué la aspiración de su ultraderecha nacional no es el exterminio, sino la tortura. Por qué el referente para ello somos nosotres.

Tras ver esas noticias hay una vergüenza, un estupor muy intenso en mí, en mi pestífero pecho, duro como un tapexco. La ultraderecha brasileña no tiene por qué saber que no somos esos torturadores de talla mundial que aspiran ellos ser, que coronan por encima de la muerte misma que, aunque finita, es pasajera, no como la tortura, que permea la totalidad del tiempo. No sabe ni de jocotes de corona ni de viento en octubre; no sabe que esto que ahora somos es, sigo pensando, reversible. Siento vergüenza, siento tristeza, siento pudor porque, a pesar de todo, creo, cristianamente, todavía hoy, en nuestra propia redención.

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Virginia Lemus es zurda, feminista, maricona y filósofa.