Hay historias que incomodan porque no pertenecen sólo al pasado. La nueva serie de Netflix, Niños de plomo, revive un caso real ocurrido en la década de 1970 en Polonia y, sin proponérselo, nos obliga a mirar hacia casa.
Por Girasol Silvestre
La miniserie sigue a Jolanta Wadowska-Król, una pediatra que empieza a notar un patrón imposible de ignorar: demasiados niños y niñas con los mismos síntomas: anemia, debilidad, problemas de crecimiento. No podía ser coincidencia. Al ordenar exámenes más profundos, descubre niveles alarmantes de plomo en la sangre. El origen: una fábrica en Szopienice.
Lo que sigue no es solo un drama médico, sino una batalla ética. La doctora se enfrenta a un sistema que intenta silenciar la verdad para proteger intereses industriales y políticos. Arriesga su carrera para salvar vidas. Ahí está el corazón de la serie: el momento en que la salud choca contra el poder.
Mientras observamos esa historia ambientada en la Polonia comunista de los años setenta, en El Salvador sabemos que no se trata de una ficción lejana.
En el cantón Sitio del Niño, en San Juan Opico, los primeros indicios de contaminación por plomo aparecieron en 2003. Fue hasta 2007 cuando el Hospital Nacional de Niños Benjamín Bloom encendió las alarmas al detectar niveles inusuales de plomo en la sangre de decenas de niños, niñas y adolescentes. No eran casos aislados. No eran coincidencias. Eran hijos e hijas de trabajadores y vecinos de la fábrica Baterías Récord de El Salvador.
Más de un centenar de niñas, niños y adolescentes presentaron niveles elevados de plomo, algunos muy por encima de los parámetros considerados seguros. Cefaleas persistentes, problemas respiratorios, pérdida de peso, afectaciones neurológicas y cognitivas. El plomo, uno de los metales más nocivos, daña el sistema nervioso y compromete el desarrollo infantil de forma irreversible.
La fábrica fue cerrada tras la crisis ambiental y el Ministerio de Salud de El Salvador ordenó medidas de saneamiento. Sin embargo, la escoria de plomo, ese residuo tóxico que amenaza los mantos acuíferos, no fue retirada de inmediato. Durante años, las comunidades han denunciado impunidad ambiental y abandono estatal. Las consecuencias, como en la serie, no desaparecen cuando se apagan las cámaras.
Hasta la fecha no se ha realizado un retiro definitivo de la escoria que aún permanece en el lugar y que, según denuncias comunitarias, se dispersó tras un incendio ocurrido el 2 de agosto de 2020. Asimismo, la fiscalía general de la República no ha investigado las muertes de habitantes del Sitio del Niño: extrabajadores y menores de edad por enfermedades relacionadas con la contaminación.
La miniserie de seis capítulos es un espejo. Quizá por eso resulta imposible dejar de verla. Porque no habla únicamente de Polonia en los años setenta: habla de lo que sucede cuando el desarrollo industrial vale más que la vida de la niñez. Y porque, tristemente, en El Salvador también tenemos nuestra propia historia de niños de plomo.