¿Esto es vivir en paz?

El Salvador es un país que, a mi parecer, no tiene muchas cosas lindas. Siempre me frustra salir de casa por el caos en que se convierten las calles de San Salvador. Pero hay algo que me gusta hacer una vez por semana: salir al mercado. Una semana voy al que está cerca de mi casa y otra al mercado central, el lugar que más he visitado en toda mi vida.

Por Keyla Cáceres 

El mercado es un lugar poco agraciado, pero para mí es lindo. Tengo a la señora de las pupusas a cualquier hora, a las del queso, al señor de las tostadas, el sótano con sus ofertas… en fin, un conglomerado de diversidad en un mismo lugar. Además de comprar, es un sitio para tener conversaciones interesantes y enterarme de cómo va la realidad de una parte de la población.

Mi última visita al mercado central fue posterior al asesinato de Yessica Solis, una mujer que transitaba por una de las calles “más seguras” de San Salvador. Una calle llena de cámaras, militares, policías, seguridad del centro, agentes metropolitanos y, además, los custodios de los presos que trabajan gratis en obras estatales. Un sinfín de personas armadas para demostrar que es una zona “segura”. Y ahí, en medio de tantas armas y seguridad pública, una mujer fue asesinada de un solo tiro.

No pasaron ni cuatro horas cuando una pipa y personal de limpieza de la alcaldía de San Salvador lavaban y pintaban el lugar del asesinato. Querían que nadie recordara que, según la versión oficial, fue asesinada por un soldado. Pero a este gobierno, que reserva información y vasta evidencia periodística ha demostrado  lo corrupto que es no se le cree nada. Aunque de ser cierta, este asesinato es solo una consecuencia más de la militarización.

Ir al mercado, platicar con la señora de las pupusas, ver que sigue llegando el adulto mayor de las tostadas con su cigarro de contrabando, comprar en los mismos puestos, pero está vez (el 5 de noviembre) tuvo un cambio. Visité un nuevo lugar: la florería. Compré flores frescas y flores de papel para ofrendar a la memoria de Yesica, una memoria que intentaban ocultar bajo pintura blanca.

Trataban de blanquear la realidad para quienes no viven en este país caótico, para quienes solo lo visitan un par de días y nos dejan su basura para que lxs que nos quedamos la limpiemos, preparándonos para la próxima horda de “hermanxs lejanxs”.

Al terminar de colocar las flores, empecé a platicar con las personas que se detenían a expresar su preocupación por el asesinato. Lo que más les inquietaba era que este hecho abría la posibilidad de que a cualquiera le pudiera pasar lo mismo. Cuestionar lo que llamamos seguridad es difícil cuando a la población se le da poca o ninguna información verídica. Pero se vuelve fácil cuando la mayoría de las personas que rendimos homenaje a Yesica nos hacemos la misma pregunta: ¿Qué hacen los militares en la calle junto a niñas, niños, mujeres y adultxs mayores? ¿Para qué mantener tantas armas en las calles?

Que empleados de la alcaldía se presentaran a tratar de imponer la narrativa de las redes en las calles es lo que genera más dudas sobre la verdad vertida por esté gobierno inconstitucional. Un gobierno que mata personas en las cárceles, que protege al feminicida de Chalchuapa, que esconde al agresor de Juan Carlos Bidegain Hananía bajo su investidura de Ministro de Gobernación, y que desde 2022 tiene reservados los datos de feminicidios, fosas clandestinas y osamentas.

Ahora circulan varios videos que intentan desvirtuar lo que fue, genuinamente, una expresión de rabia ante el continuo arrebato de la vida de las mujeres. Ese día, los empleados de la alcaldía empezaron a decir que era una muerte accidental, y pidiéndome que no «politizara» una muerte que deja más dudas de lo que creemos vivir en paz. 

Mi pregunta en ese momento fue: ¿cómo no politizar una muerte bajo la mirada de tantos agentes de seguridad y con la fama de ser un lugar seguro? Lo más esperanzador de ese momento fue que mi opinión —la de que no fue una muerte accidental— no era impopular. Era lo que a voz baja todo el mundo decía. Queda claro que el miedo del régimen de excepción reprime toda opinión que no sea la misma que la del oficialismo y que funciona a la perfección para la autocensura. Sin pensarlo, respondí que no, que esa muerte no era un accidente, sino el resultado de la militarización que hemos vivido desde 2014. Y cuestioné: ¿acaso esto es vivir en paz?

Finalmente, recogí mis compras y me fui a esperar mi bus de regreso a casa. En el bus, la conversación era la misma. Para mí, solo fue un día más en el mercado contradiciendo la narrativa del oficialismo. Un día más en que el dolor de otrxs no me fue indiferente y en que el miedo no me robó la voz. Fue un día para constatar que la narrativa de este gobierno en redes no es la misma en la vida real.

Pero ese día en el mercado no pasó desapercibido. Las redes explotaron con los cuestionamientos frente a la ofrenda de Yessica. Lo que más me sorprendió fue que hubo personas que no simpatizan al menos públicamente con este régimen cuestionando mi “forma” de contradecir una mentira. 

El único aprendizaje que me quedó es que este país caótico seguirá siéndolo, pero también seguirá siendo el lugar que habito. Ya fui de nuevo al mercado a comer las pupusas que me gustan, a traer mis tostadas de plátano, a ver a la nieta de la señora que echa pupusas. En fin, a hacer lo que una persona a quien le gusta platicar con la gente y saber qué pasa fuera de su burbuja debe hacer para poder emitir una opinión pública, redactar un informe para un organismo internacional, salir de gira a denunciar que en este país nos violan los DDHH. Lo que cualquier persona a la que le gusta hablar con fundamento debería hacer.

Yo no puedo quedarme callada cuando frente a mí se trata de manipular la verdad ante una muerte. No es poca cosa que maten a una mujer de la nada y que nos impongan el recuerdo de la guerra: levantar cuerpos muertos a manos del ejército y lavar para que la vida continúe como si nada. Yo no puedo, me niego a hacerlo. Y tampoco busco una medalla por hacerlo, pero sí me pregunto: ¿el silencio es la forma en la que quieren sobrevivir? Me parece cobarde y una falta de respeto a la memoria de las mismas víctimas por las que muchas veces se habla. Esas de las que hablan y denuncian en giras internacionales. Una falta de respeto también  para las personas que las circunstancias de seguridad las obligaron a salir , para las que están presas por este régimen y para las que perdieron la vida en el pasado buscando un mejor lugar donde vivir.

Este 25N no solo guardamos luto por todas esas víctimas, sino también porque en este país las personas poco a poco entregan sus convicciones para mantener sus instituciones y, a su vez, entregan su dignidad ante un régimen que no se va a detener. Un régimen que seguirá apretando y buscando nuevos enemigxs ante las crisis.

Me rehúso a dejar en el olvido las marchas del 25N del movimiento feminista, de ese movimiento irreverente que no se rinde ante quienes hoy ostentan el poder. El papel aguanta con todo, pero las calles solo las sostienen aquellas que no estamos dispuestas a entregar fácilmente nuestra dignidad.. Ya veremos más adelante hasta dónde nos alcance la vida para mantener la vida, la voz, la libertad y nuestra euforia por no guardar silencio ante el dolor ajeno.