
Por: Larissa Villacorta
Siempre están pasando cosas en el mundo y el mundo nos duele a quiénes buscamos sembrar una semilla para el bien común: nos duele la ocupación en Gaza, nos duelen las políticas fascistas “en defensa de la nación”, nos duele la situación de las personas migrantes, las desapariciones, el totalitarismo, los discursos de odio que se acompañan de acciones para aniquilar la diversidad y la pluralidad. Nos duele en el cuerpo, se manifiesta en malestares físicos y nos sobrepasa.
No es casualidad que en la era de las redes sociales donde el flujo de información está al alcance de un teléfono celular, nos satura con información que nos hace replantearnos si queremos seguir existiendo en este mundo tan cansado.
Repito, que nos duela el mundo no es casualidad, no es que el mundo fuera “mejor” antes, es que la ultraderecha se ha aliado con el tecnofeudalismo, magnates (hombres cisgénero, blancos, heterosexuales) quiénes tienen control de las grandes tecnologías que mueven el mundo digital, controlan los flujos de información, manejan los algoritmos a su antojo y beneficio, y nos detonancon información que hace que nos duela el mundo todos los días con la intencionalidad clara de generar miedo y mantenernos inmóviles.
Infundir miedo es parte del control hacia nuestras existencias, parecería que es lejano, pero actualmente estas narrativas están construidas en los discursos que escuchamos en las cadenas nacionales. El tecnofeudalismo es colonialismo, habita en la idea de “modernidad” e intenta fragmentarnos. El colonialismo con sus múltiples caras: racismo, fascismo, patriarcado, capitalismo… quiere que tengamos miedo, el miedo les es funcional, nos encuentra inmóviles.
“Dónde hay miedo es imposible la libertad. Miedo y libertad son incompatibles. El miedo puede transformar a una sociedad entera en una cárcel, puede ponerla en cuarentena. El miedo solo instala señales de advertencia. La esperanza, en cambio, va dejando indicadores y señalizadores de caminos. La esperanza es la única que nos hace ponernos en camino” - Byung Chul Han.
Me ha costado mucho escribir esta columna, me he preguntado muchas veces ¿por qué hablar desde la esperanza cuando pasan cosas que nos duelen en el mundo?, ¿por qué escribir sobre la esperanza cuando tengo el enorme privilegio de cuestionarme?
A mí nadie me está desplazando mi venta, ni me está sacando de mi casa, ni está explotando mi tierra, ni está contaminando mi río… aparentemente. Yo tengo el privilegio de escribir para denunciar y para poner en palabras que el río es de todxs, que la tierra es de todxs, que la ciudad en la que caminamos debería de ser de todxs y no ocupada por el poder que intenta intimidarnos.
Después de platicar tendidamente con amigxs, de llevar el tema al colectivo, desgranarlo y masticarlo, llegamos a la conclusión que voltear la cara hacia la esperanza es una postura política de resistencia, es trazar rutas de escape de la plantación digital y material que nos ataca constantemente, es construir mundos otros que escapan de la fragmentación.
En tiempos adversos, decidimos voltear la cara para mirar la esperanza de frente, agarrarla fuerte no porque “es lo que nos queda” sino que es lo que construye redes y puentes en estos contextos tan adversos. Voltear la cara hacia la esperanza implica también denunciar lo que nos pasa, confiar en que somos muchxs sembrando semillas de resistencia.
En el mundo digital, tanto medios como agencia presentes, volcánicas revista y otras, han desarrollado estrategias comunicacionales para que el mundo no nos pese tanto y mantener viva la esperanza, cada semana, sacan publicaciones sobre “buenas noticias en el mundo” todas tienen algo en común: son acciones de resistencia colectiva, de gente que se ha organizado, que ha tejido red, que genera contranarrativas.
Tejemos redes de resistencia cuando decidimos decir “no a la minería”, tejemos redes de resistencia cuando denunciamos la ocupación en Gaza, tejemos redes de resistencia cuando hacemos economía solidaria, cuando nos organizamos para pedir una pipa de agua en la comunidad, cuando nos organizamos para cuidar colectivamente a una amiga que necesita ayuda, cuando mantenemos viva la llama de la memoria para evitar que la historia oficial se vuelva a repetir… cuando tejemos redes de resistencia nos habitamos esperanzadxs.
Byung Chul Han escribió que la esperanza no es la certeza de que algo saldrá bien, sino de que algo tiene sentido, generar contranarrativas que contrarresten el miedo y habitarlas es habitar la esperanza.
Quiero cerrar esta columna con una cita del libro “El espíritu de la esperanza” de Byung Chul Han que me resuena en la cabeza constantemente:
“Solo la esperanza nos permitiría recuperar una vida en la que vivir sea más que sobrevivir”